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LA GUERRA EQUIVOCADA DE CALDERÓN
Conferencia para las mesas “Razones para dialogar”, realizadas en el Museo Rufino Tamayo
Gracias a Sofía Hernández Chong Cuy, directora de este hermoso y simbólico museo, por invitarme a esta mesa. Gracias a todos los participantes, a los medios, a los que presentes y a los que todavía confían en que es posible reconstruir y regenerar desde la razón.
Cuando Sofía me invitó a un debate sobre las drogas, la cultura y la sociedad a partir de los frentes del arte, las letras y el periodismo, no solamente agradecí que se abriera esta oportunidad para disentir y para ponernos de acuerdo, sino también que el evento fuera en el espacio del Rufino Tamayo. La discusión toma otro rumbo, pensé. Desde aquí, desde el museo, el debate se reorienta hacia su raíz, hacia lo que debió ser el punto de partida. Debemos confiar en que los museos, tomando la idea de Michel Foucault, son espacios de reclusión. Mi idea de este lugar, hoy, es la de un hospital en el que enfermos, médicos y afanadores discuten un tratamiento que haga retroceder la metástasis y oxigene cada uno de los miembros que deben sanar. Desconfío cuando me habla de médicos con recetas fantásticas porque casi siempre conllevan consecuencias nefastas, efectos secundarios.
En el alba del sexenio, con 28 mil muertos reconocidos por el órgano de inteligencia del gobierno federal, no nos queda sino aceptar que una administración más se va, y una nueva losa se acumula sobre el lomo de los mexicanos. Nada nuevo. Unos gobiernos nos dejan más deudas, otros imponen inestabilidad o, como ahora, ríos de muertos. Pero seremos muy poco sabios si no entendemos que esta nación se ha mantenido de pie no por los políticos, sino porque aún guarda espacios intocados por su maldición. Entre ellos cuento las universidades, algunos medios de comunicación, muchos ciudadanos en lo personal y organizados y, por supuesto, los espacios para el arte, la literatura y el periodismo.
En lo personal, prefiero a Baudelaire, a Freud, a Ginsberg y a otros reconocidos consumidores de drogas que a Javier Lozano, Alonso Lujambio o José Ángel Córdova, supuestos responsables de las políticas públicas de trabajo, educación y salud. Creo más en la herencia cultural de Pink Floyd o de Sid Vicius, que el orden y el progreso que ofrecen una cuadrilla de soldados o de agentes policiacos rondando bares y cantinas en busca de drogas. En pocas palabras, y que el maestro Tamayo disculpe la barbaridad que a continuación diré: difiero con aquellos que recetan un corcho en el trasero para sociedades con diarrea, y vendas en los ojos para los vendedores de lencería. Pero ese soy yo. Es decir: usted puede pensar diferente y está en su derecho. La primera idea para una discusión saludable es que todos lleguemos en igualdad de circunstancias y sin prejuicios ante la diferencia del otro.
Si hemos entendido bien, el presidente de México, Felipe Calderón, ha llamado a un debate sobre la legalización o despenalización de las drogas. Hay un cambio de actitud, porque también su gobierno quiere compartir el fracaso o la responsabilidad de las políticas guerreristas aplicadas durante cuatro años. Como sea, aplaudamos este primer avance, aunque sea poco satisfactorio.
Los secretarios de Estado, y el mismo presidente, ya dijeron que no están a favor. Es decir, el debate nace condicionado, sin apertura. De allí la importancia de que esta tarde en el Museo Rufino Tamayo se inaugure una nueva manera de ver la guerra contra el narcotráfico: a través de la discusión pública, con otros ojos distintos a los del militante. Y esperaría que con ideas se permita reforzar el entendimiento de que sólo juntos podremos contra el crimen organizado, esa deformación social alimentada por las prohibiciones.
Escribí para la revista Newsweek en enero de 2007 que esta guerra ponía en jaque a una institución que respeto como mexicano: el Ejército. A partir de especialistas expuse que había condiciones para que una bala desatara dos, y lamento que así sucediera. Denuncié con otros compañeros de Ciudad Juárez, en un libro de reciente publicación, la guerra de exterminio emprendida por los cárteles contra una sociedad indefensa, y cada vez que pude, en estos cuatro años, expuse en foros que las balas no tienen sentido, y que las armas no alcanzan nunca propósitos de paz. Hacen hoyos, matan; esa es su finalidad.
Las siguientes mesas, como la que precedió, estarán llenas de ideas inteligentes y mucho más especializadas que las mías. No me atrevo a otros planteamientos sino al que ya hice: creo que la educación, la salud y el trabajo combatirán de manera más efectiva al crimen organizado, que las prohibiciones y las armas. Creo que el país está sumido en un lodazal porque se privilegió una receta fantástica y efectista contra las drogas, y no se pensó en los resultados de largo plazo. Ciudad Juárez sigue sumido en la miseria humana; siguen las extorsiones, siguen el exterminio de hombres y mujeres. Sigue la explotación y sigue el abandono. Allí, donde una madre valiente le reclamó a Felipe Calderón su falta de sensibilidad, las cosas siguen sin control. Entonces, no vamos por buen rumbo. Ciudad Juárez, el botón de la gran muestra nacional, no sana, y parece que esa descomposición ejemplar contamina ciudad por ciudad, hasta que no quede territorio virgen.
Creo más útil para el país que los vecinos denuncien a los políticos corruptos a que pongan en manos de la policía a los enfermos por las drogas. Creo más en la guerra contra la ignorancia, contra la injusticia y contra los monopolios políticos y económicos en México, que en una guerra contra las drogas. Creo en la educación, en las artes, en la cultura antes que en los ejércitos y las ametralladoras. Por allí debimos empezar a combatir al crimen organizado: ofreciendo empleos, cumpliendo promesas, rescatando a los enfermos, compartiendo las oportunidades.
No nos demos por derrotados, a pesar del diagnóstico. Iniciemos un gran diálogo, a todos los niveles y de todos los tamaños: en los medios, en los trabajos, en nuestras casas. En los museos, como el Rufino Tamayo.
El México que queremos no puede estar más lejos hoy de lo que estaba ayer. De eso se trata la esperanza: ver las cosas que ya se esperan, y estirar la mano con ganas de alcanzarlas.
Alejandro Páez Varela
–6 de agosto de 2010





de eso se trata la esperanza.ver las cosas q ya se esperan y estirar la mano con ganas de alcanzarlas…q cruel el q nos invento con todo y esperanzas..el pan de todos los mexicanos..saludos sigue escribiendo asi ..tu si me pones a reflexionar
Hermano; te e leido por años, eres mi “pensante gemelo” (perdon por la expresion) sigue asi por que yo desde mi trinchera, estoy acotado, saludos y vida.
Este medio de comunicación es de los pocos y privilegiados que aún funcionan para hacernos sentir que no todo está perdido. Yo, como otros tantos mexicanos, estoy en el desaliento y he llegado a pensar que es preferible emigrar, irnos lejos, pero a dónde. Aquí me convertí en lo que soy, de aquí soy, no me identifico con los extranjeros. Como dice mi hijo, estamos (literalmente) desarmados y sitiados por los dos ejércitos de bandidos que nos acosan, cada uno a su manera. Por un lado, el narco. Por el otro, los políticos aliados con los oligarcas.
Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices sobre la solución para ésta tercera guerra mundial. ¿Pero acaso no ha sido el mismo clamor en cada conflicto? ¿No se ha deseado siempre lo mismo en todas las sociedades en conflicto? Igualdad de oportunidades.
¿Cuál sería el camino? ¿El pacifismo, tomando como ejemplo a Gandhi con su enorme carga de sacrificio humano? ¿O a Mandela? ¿Hacer como en algunos países de Sudamérica que enfrentaron a sus gobiernos al grito de ¨Que se vayan todos¨? Lo que por supuesto, aumentaría los enfrentamientos con los riesgos inherentes. O sea…
Sí hace falta un verdadero diálogo y acuerdo entre las personas pensantes que siempre ha habido en nuestro país, entre las valientes y las honestas. Ya basta de la bola de cobardes y de los aprovechados. Cómo quisiera -y estoy segura de que muchos sienten como yo- que volviera la fe, la esperanza y un motivo por el cual luchar.