Colón, Marco Polo y Livingstone
Pienso en las mudanzas como en un viaje. El recorrido de iniciación de un barrio nuevo es sumamente estimulante, igual que cuando caminas por primera vez una ciudad: te fijas en los detalles de las casas y edificios contiguos, en los colores, en la gente. Tratas de medir el ánimo del lugar viendo los rostros. Observas letreros; te imaginas a ti mismo comiendo en las fondas, en los restaurantes. Buscas una cantina o un bar y te asomas con la esperanza de que los parroquianos sean mejores que tú: no buscapleitos, no unos malacopa. Observas bien a los vecinos porque todavía crees en la casualidad: que entre ellos aparezca la chica que estás esperando; una que te acompañe en el siguiente tramo de la vida, tranquilo, sin sobresaltos. (Si no aparece, por lo menos sabrás con quiénes negociar los ruidos nocturnos porque tú mismo eres ruidoso y a veces mal vecino).
En los últimos cinco años he vivido en cuatro departamentos y una casa. Tengo vivas las imágenes de cada una de mis mudanzas. Te deshaces de muebles, de rutinas, de rostros; abandonas olores, sabores, e intentas dejar atrás recuerdos. Empacar, cuidarle las manos a los mudanceros, renegar por los golpes que le dan a tu refri o al comedor; desempacar, abrir baúles y cajas, ver fotos y el basurero que te sigue a donde vayas puede resultar traumático. Es, de entrada, un esfuerzo físico que quisieras evitar. Pero hay algo de renovador y revitalizante en ello. Colón, Marco Polo o Livingstone: algo de su aceite lubrica el desgaste de tu aventura. Algo de renacentista o victoriano tiene el olor de la pintura fresca. Porque a pesar de la joda, piensas en tu siguiente casa como en las mujeres que te interesan en algún momento: “Esta puede ser la buena”, dices, y también te compras la idea de ser tolerante con sus defectos para que, por favor, esta sí sea la buena. Cruzando estos mares, afirmas, está China. Pasando estas montañas, juras, aparecerá El Dorado. Avanzar entre puntas de bambú envenenadas, selvas, mosquitos y fiebres es poca cosa porque allá “me espera una nueva civilización” más virtuosa, dices.
Las mudanzas son viajes y ambos, como el amor, una apuesta y la esperanza. Las mudanzas son una banqueta ajena en una ciudad distante; son intimar por primera vez, y ver las muelas picadas de tu nueva ciudad en el metro; sus cabellos de punta en los rascacielos. Mudarte es salir a caminar y descubrir que la sopa aguada está a unos pasos, y soñar con que el amor de tu vida está a un lado, en el número contiguo, en la puerta vecina, espe¬rándote, rumiando su desgracia y en suspenso para que llegues tú a darle nuevo aliento.
Pero sucede que nunca encontramos la casa, la ciudad o la mujer que inspira la aventura. No damos con El Dorado o con China. Y seguimos buscando. Nos cambiamos; dejamos las ciudades y abandonamos novias.
Recorrer ciudades me excita más que mudarme porque los nuevos barrios y los nuevos departamentos terminan por mostrarte su lado amargo. Como con las parejas. Cuando viajas estás ya hecho a la idea de que es temporal, que puedes ver todo sin desgano, que descubrir los defectos es parte de la experiencia.
Los hombres nos lanzamos a las mudanzas y a los viajes, a la gran aventura romántica de hacer camino, construir puentes y civilizaciones porque, en el fondo, son ensayos de lo que implica conquistar a una mujer. Derruimos presas y las reconstruimos; saltamos atados a una liga y le confiamos la vida a un papalote; escribimos libros y música y cruzamos océanos porque son ejercicios, entrenamiento para cuando llegue el momento de abordar al otro.
Pero, obvio, nada de esto ha servido. Y entonces somos muchos los que seguimos buscando, o viajando, o construyendo. O nos mudamos de casa, otra vez. Retomamos la aventura. Nos lanzamos a los mares, a las selvas, a los barrios. Revivimos la idea de la conquista aunque sepamos, por experiencia propia, que lo que buscas no está en el lugar que hurgas, sino en cualquier otra parte.
y caminas… cómo el ciego que pérdido entre las sombras solo presiente aquello que busca;
cuándo termina ese camino?
no lo se
pero al menos vivir cada día en esta busqueda inspira un poco de ilusión
demen!!!!!!!!!!!!
puse mi comentario en el otro dardo desde ayer porque crei tardaria mas en subirlo!!!!!
pero obviamente lo lei primero impreso…..
La.MaNzAnA
Es como los pasos que das en el camino largo de la vida, es un modus vivendi, que cuando dejas de hacer lo que haces, lo extrañas, lo añoras, esa costumbre de buscar, de encontrar, de deshechar lo que no nos llena, cuando realmente crees encontrar ese algo que se vuelve el tesoro mas preciado, tu forma de vida cambia y los recuerdos de los caminos que caminaste para encontrar ese algo o a la persona indicada, es la añoranza que da sabor a la vida, recuerdos felices, tristes, amargos, vivencias ya digeridas, nos hacen personas fuertes y sensatas…………
el cambio de ciudad, de barrio, el conocer nueva gente, todo fortalece y alimenta, es tu aventura, es ……magia, la magia de la vida.
creer que un dia encontraremos eso que venimos al mundo a buscar,
es la confirmacion de que lo hemos encontrado,
pero que no acaso con eso se terminar esa maxima aventura…
Lo más genial de todo es que no te has ido sin conocer algo no nuevo…sino diferente.
Y sin embargo la añoranza de algún día encontrar eso que quieres no se va -obvio- pero ahí está esperádote, lo encontrarás junto con lo otro…
Saludos
Me encantan las mudanzas, cambioas de piel, cabello, emociones, pensamientos, emprender un nuevo camino es realmente el verdadero milagro de la vida, lo que se estanca… se pudre.
A fin de cuentas, todo resulta rutinario, porque a pesar de andar divagando, siempre llegas al mismo lugar, tu casa, tu hogar, el lugar en el que quieres estar; con o sin pareja, esa persona que te acompaña, ¿cuando? nunca, ¿donde? no lo sabes………
Ella y yo hemos vivido varias mudanzas, largas y cansadas, siempre encontramos caras agradables, largas y gruñonas.
Yo busco parques, columpios y vendedores de algodón de azucar.
Ya llegará lo que tanto anhelas…