SOL DE AFGANISTÁN

09/7/03 1:14 PM por Alejandro Páez Varela

En la primavera de 1994, hace casi 10 años, el mulá Mohammed Omar recibió visitas en su casa de Singesar. Nada raro: en esa pequeña villa, al norte de Kandahar, era ya un hombre conocido y respetado. Dos años antes había fundado allí su propia madrasa o escuela de Corán. Venía de la yihad, la guerra santa que expulsó a los soviéticos (que, en 1979, cometieron el error histórico de invadir Afganistán).
Cargado de honores, era, sin embargo, un mayuhidín cansado. Buscaba trabajo, pero la vida lo convirtió en líder religioso entre los pashtún, tribu con por lo menos mil años de historia.
Los visitantes, en aquella primavera, eran vecinos cuyos hijos estudiaban en su madrasa. Le contaron que guerreros o mayahidines habían secuestrado a dos adolescentes, que las habían rapado y las tenían como esclavas sexuales en un cuartel cercano. Mohammed Omar se puso furioso. De su propia escuela sacó a 30 talibán (plural de talib, o estudiante del Corán), y los armó con unos 16 rifles AK-47. Encontraron a los mercenarios y los mataron. Al comandante, al jefe de aquellos, lo colgaron del cañón de un tanque -a manera de escarmiento-, y se llevaron cuantas armas y municiones pudieron.
En el verano de aquel mismo 1994, el mulá volvió a aplicar justicia por su propia mano.
Según cuenta el biógrafo del movimiento talib, Ahmed Rashid, dos comandantes se disputaban a un muchacho al que querían sodomizar. Omar y sus talibán los rescataron violentamente, sin importar que el objetivo costara la vida de una docena de civiles.
La fama del religioso prendió. Fue combustible para un pueblo harto de rapiña y anarquía, con una estructura de gobierno casi inexistente tras 10 años de guerra contra los soviéticos.
Pronto, los principales señores de la guerra en todo Afganistán querían conocer al seductor mulá que nació en 1959 (hoy tiene 45 años) al norte de Kandahar, en una villa de nombre Nodeh. Les inquietaba ese Chucho el Roto o Robin Hood, fiel seguidor de Mahoma, leyenda muyahidín que perdió un ojo en un ataque de granada enemiga. Les atraía el barbado, de parche y turbante negros.
Pocos imaginaban, hace 10 años, que ese hombre alto, fornido y profundamente tímido, crearía uno de los regímenes más crueles de la sangrienta historia universal reciente.

Talibán como hongos
Cada vez que el mulá se quedaba sin soldados, los ulemas cerraban las puertas de las escuelas religiosas que estaban a su cargo en Pakistán. Los talibán –procedentes de una docena de países árabes– eran estudiantes pobres, influenciables, muy jovencitos y sin experiencia en las armas. Se enrolaban casi por inercia. Miles fueron llevados al frente norte, en camionetas Nissan donadas por Arabia Saudita. Morían por miles.
Era 1997. Un año antes, el ex presidente Najibulá y su hermano habían sido torturados, castrados y asesinados en público durante la toma de la capital, Kabul. El 70 por ciento del país se gobernaba ahora bajo leyes del Corán, y las mujeres habían perdido incluso el derecho de asomarse por la ventana.
En el norte, Mazar-I-Sharif mantenía una férrea resistencia. Las familias acomodadas, escondidas en este último reducto, se deshacían del dinero local y buscaban desesperadamente visas de cualquier país que las acogiera. La ciudad estaba llena de actores, pintores, escritores, cantantes, artesanos y estudiantes que habían huido de Kabul o Herat, donde sus profesiones estaban prohibidas. Algo así como Casablanca en la Segunda Guerra Mundial. Locales y recién llegados eran presas del pánico. Los defensores de Mazar perdían terreno a diario, y cómo no: los soldados del general Abdul Rashid Dostum, el defensor de la plaza, eran viejos lobos, pero los adolescentes talibán llegaban por miles directo de las madrasas, dispuestos a funcionar como carnadas o como escudos humanos, listos para morir sin haber disparado una sola bala.
Hoy, las madrasas siguen operando casi igual que en el pasado. Muchos guerreros de Osama bin Laden vienen de sus aulas. El presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, ha entregado al ejército de Estados Unidos —desde octubre de 2001— a unos 500 supuestos miembros de Al-Qaeda. Se calcula, sin embargo, que hay unas 4 mil escuelas en su territorio, con algo así como 580 mil estudiantes.

Dostum y la oruga
El general Dostum llevaba tres años en el exilio cuando su suerte cambió, un 11 de septiembre de 2001. Uzbeco, con fama de mujeriego y borracho (hasta que se convirtió al Islam); con sangre helada de mogol (herencia de la invasión de los Khan, hace 800 años), este guerrero fue aliado de los soviéticos, de Irán, de Turquía, del gobierno muyahidín del presidente Rabani en los 90, de la Alianza del Norte y de lo que se acumule. Luchó contra los talibán.
En los años previos a la invasión estadounidense la pasaba muy mal. Por eso, después del S-11, se puso al servicio del Pentágono sin pensarlo demasiado. Con ayuda de bombarderos made in usa expulsó a los talibán de Mazar-I-Sharif. Corrió la sangre. La venganza fue cruenta: las primeras imágenes de ejecutados —que transmitieron las cadenas de tv por todo el mundo— llegaron de su frente. Sus hombres, se dice, fueron los que asesinaron por asfixia a unos 2 mil detenidos talibán a finales de 2001. Los encerraron vivos en contenedores del tamaño de un carro de tren, sin agua, bajo el sol de Afganistán. El portavoz de la misión de la onu en Afganistán, Manoel de Almeida, dijo, hace apenas unas semanas, que todas las sospechas recaen en Rashid Dostum, nacido en 1955 en Shibergha, ex fontanero, ex labrador y mercenario entrenado como tropa de asalto. Pero el presidente que defiende Washington, Hamid Karzai, mantiene al hijo de mogoles como consejero especial sobre Seguridad y Asuntos Militares.
El destino de Dostum, como el de muchos otros líderes sangrientos de Afganistán, está cambiando drásticamente en estos días. Los reportes señalan que, desde noviembre pasado, cuando
se enfrentó por rencillas personales, en Mazar, a las fuerzas del comandante Atta Mohammad —otro ex muyahidín converso—, huye del gobierno y del ejército estadunidenses. Dostum ha vuelto a la rebeldía. El general se esconde con sus hombres en las montañas del norte. Allí espera nuevos aires. (Lo mismo hace, pero en el sur del país, el derrocado jefe talib, Mohamed Omar. En guerra de guerrillas abierta, pega y huye. Tira la granada y esconde la espoleta.)
Atentos: Dostum da coletazos. Cuidado: alacrán de desierto, carga veneno. Este uzbeco ha cambiado de bando como si se tratara de calzones, y lo hará otra vez si es necesario. Pero será, siempre, el mismo.
El periodista Ahmed Rashind recuerda la tarde en que lo entrevistó por primera vez. Al entrar al cuartel, narra, sintió cómo sus zapatos chapoteaban en el piso de barro entre sangre y trozos de carne bien picada. Inocente, preguntó si se habían sacrificado cabras. Un oficial atento le explicó que no, que Dostum había castigado a un soldado por robo. “Lo ató a la oruga de un tanque soviético”, le dijo, “Luego dio vueltas por el patio con el reo amarrado, hasta que sólo quedó carne molida”. •

7 DICIEMBRE 2003

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Comentarios (2 comentarios)

[…] SOL DE AFGANISTÁN En la primavera de 1994, hace casi 10 años, el mulá Mohammed Omar recibió visitas en su casa de Singesar. Nada raro: en esa pequeña villa, al norte de Kandahar, era ya un hombre conocido y respetado. Dos años antes fundó allí su propia madrasa o escuela de Corán. Venía de la yihad, la guerra santa que expulsó a los soviéticos (que, en 1979, cometieron el error histórico de invadir Afganistán). […]

alejandro páez varela » Blog Archive » Un post en tiempo real (y los últimos textos agregados) / Septiembre 12th, 2006, 3:32 pm / #

súper interesante, a partir de esta semana, te leo todos los días… saludos afectuosos.

alejandra maldonado / Septiembre 14th, 2006, 12:34 pm / #

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