Jul
SOBRE LOS DÍAS (EL MUNDO SIN ZAPATOS)
Una madrugada caminé por el Boulevard Saint-Michel y al llegar al río Sena de París di vuelta a la izquierda en busca del Puente Nuevo, el místico Pont Neuf, porque tenía ganas de tocar el agua que corría (en sentido contrario de mis pasos) entre los barcos amarrados en los muelles, malolientes muelles para turistas. Había bebido tanto que me quedé dormido y me robaron los zapatos, la cartera y el saco. Cuando desperté (seguramente me bebí capsulas del infierno: qué dolor de cabeza), vencido, sin dinero, sin ganas, sin calcetines, me enteré que me había estacionado en el fin o en el principio del mundo, porque a veces da lo mismo: el mundo eres tú mismo, soy yo, y lo que se mueve son los días. Uno está quieto frente a la movilidad de los días. Sólo ellos son capaces de alcanzar distancias tan lejanas como el corazón, tan cerca como las constelaciones de Triangulum o de Cassiopeia.
En otra ocasión, escapando de un asalto en Durango, perdí los zapatos (también de madrugada) en las charcas enlodadas de un parque junto al mercado de abastos. Me seguía un trío de música norteña que me cobraba las cuentas de una temporada completa con la Sinfónica Nacional. Cuando casi me alcanzaban, se me hundieron los pies y se me salieron los zapatos. No quise seguir corriendo. Me hinqué a buscarlos entre el lodo con angustia, con desesperación. No los encontraba. Los tres se dieron cuenta de mi pena y se dieron la vuelta, muy decentes. ¿Quién asalta a uno que ha dejado de luchar porque ha perdido todo? Se fueron. Me senté en una banca a tramitar con mi interior un permiso para seguir viviendo unas cuadras más, hasta mi cuarto. Me di permiso. Las horas también se apiadaron de mí. A mediodía, con los calcetines todavía puestos y tiesos -por la tierra duranguense- como férulas para fracturados, el fin del mundo se paró frente a mí y me enseñó un espejo con un hombre vencido. ¿Cómo paso el día sin chapotear entre la vergüenza?, dije, queriendo dormir. ¿Cómo escapo de los días?
Para sobrevivir los largos días, uno se aferra a las cosas que alcanza con las manos. No intentas dar pasos; no vas a la conquista de la Península de Mitre por los 24 kilómetros del estrecho de Le Maire; ni te aventuras a las 115 islas de la República de Seychelle; ni por los fríos suelos, ríos y mares de Nuuk, en el Círculo Polar. No piensas en Tiksi como puerto de acceso al Mar de Láptev ni pretendes darte cuenta que en Severobaykalsk, en la república rusa de Buriatia, sus 25 mil 700 habitantes prefieren encerrarse en el verano con reservas de vodka y pescaditos en salmuera. Para sobrevivir los días largos hay que tener suficiente con el aire que respiras, siempre y cuando no arrastre polen del pasado que provoque alergias. Un vaso de agua son las cataratas del Niágara en el alma si no hacen ruido al cruzar el esófago. Y un breve sándwich de sobras del refrigerador son paquetes de vitaminas, grasas y proteínas sin sabor que engulles porque el reloj necesita fuerza para continuar.
Cuando pierdes tanto los zapatos, como yo, es porque no quieres avanzar (también como yo). Piensas que los días se irán sin darte cuenta. Y luego vienen los días lentos, largos, que quisieras brincar como un charco en un parque de Durango o como el río Sena en París; me sucede hoy. Qué contradicción. Quizás por eso guardo en el armario, entre los trapos viejos y las cosas inútiles, un par de botas Dr. Martens rojas que me recuerdan que tuve el cabello largo, vestía de negro y traía dos aretes. Era un adolescente. Mientras ese par de botas se mantengan allí, me he hecho la ilusión, habrá un adolescente en mí. Tonterías: tampoco es que fuera feliz entonces.
Los largos días. Muy pronto habré de añorarlos, de tan breves. Porque hace dos minutos estaba en casa con mi madre y hace uno llegué a un periódico por primera vez. Porque hace diez segundos me enamoré y hace nueve que lamento la ausencia. Los días largos no son tan largos, pero sí lo suficiente para mantener al mundo de rodillas. Nadie se mueve sino los días. Yo estoy aquí con la respiración en suspenso, temeroso por la despedida: porque si exhalo una vez más (ay, largos días breves), entonces habré muerto.





Maravilloso Alejandro! ojalá nos queden muchos largos días, con o sin zapatos… pero que nos queden.
Un abrazo!
Hace un 5 segundos perdí mis zapatos…Estoy por recupeerarlos. Me encanto lo que escribiste, como todo lo que he leido de ti. Sencillamente me atrapas en cada palabra.