Cuatro palabras, una
11/4/07 12:22 AM por Alejandro Páez Varela
El autor no se anda con rodeos: de las cuatro palabras que hicieron presidente a Bill Clinton (“Es la economía, estúpido”, o “It’s the economy, stupid”), sustrae una y se la dedica a George W. Bush, a un año de las elecciones que lo sacarán de la Casa Blanca
–En memoria de los cerca de 80 mil civiles y los casi 4 mil soldados (algunos de ellos mexicanos) que, se calcula, han muerto en la guerra de Irak
E1 7 de febrero de 2005, cuando Dick Cheney aparecía en el noticiero de derecha Fox News Sunday –es decir, en manos amigables–, había razones suficientes para estar festivo. Una semana antes, el 30 de enero, Irak celebró elecciones. Y aunque los sunitas boicotearon el proceso –provocando un alto abstencionismo–, aquél país parecía transitar por rieles. La violencia persistía, ciertamente. Aún así, el primer experimento democrático en la era post Sadam Husein daba indubitables señales de que por fin Washington se había ganado la confianza de los iraquíes. Ya no importaba el resultado del proceso: según el análisis político y, más importante, la interpretación militar, los insurgentes estaban perdiendo su base de apoyo: la población. Las guerrillas islamistas, en el discurso público, eran llamadas “grupos terroristas”; pero la Casa Blanca sabía que operaban con el respaldo de los civiles. Por eso la elección fue una noticia que de inmediato afectó positivamente el mercado financiero y la popularidad del presidente George W. Bush tuvo un repunte, que celebró con múltiples declaraciones alegres.
Sólo 19 días después de aquella entrevista al vicepresidente Cheney, el 26 de febrero de 2005, una encuesta de USA Today/ CNN/ Gallup confirmó que Bush había recuperado su popularidad. Estaba en 53 por ciento de aceptación, contra el 46 por ciento de mayo de 2004, su mínimo histórico hasta ese momento.
En aquella conversación, sin embargo, ante la pregunta de Chris Wallace sobre el futuro de Irak, Cheney fue cauteloso. No aceptó que el entrevistador lo condujera al triunfalismo, y reconoció que en el otro frente, en Afganistán, Osama bin Laden seguía libre. Y a la pregunta sobre su futuro, el vicepresidente fue todavía más contundente: “Lo diré tan claro como pueda hacerlo: Si salgo nominado [a la presidencia], no me presentaré; si salgo elegido, no tomaré posesión del cargo”.
Justo tres meses después, Bush entró en un tobogán del que ya no se recuperó. Según una encuesta de Zogby, el presidente bajó en mayo de 53 a 40 por ciento, su nivel histórico más bajo. Y todavía se iría más a fondo.
Pero aquél febrero de 2005, frente a las buenas noticias, Cheney se mantuvo ecuánime, firme, incluso algo pesimista.
Bush cargó con los daños de su triunfalismo, mientras que Cheney, el viejo Dick Cheney, el padre de los “Halcones” que gobiernan la Casa Blanca, regresó simplemente a la silla oscura, al sótano desde el cual dirige, dicta, administra y se beneficia.
Nadie piense que dibujo, con este pasaje, a un Bush ingenuo. El ingenuo anda por la vida sin malicia (diccionario dixit), y así, sin malicia, toma decisiones y, sí, muchas veces se equivoca. Bush es, por supuesto, un hombre colmado de maldad, según su Biblia, o el Corán y la Torá de los otros. Según la ética.
Dibujo, con este pasaje, a un hombre simple y llanamente estúpido.
Cuatro palabras
Durante su exitosa campaña de 1992, Bill Clinton aceptó de su asesor James Carville una frase que no sólo lo sacó de la oficina chata de Arkansas y lo llevó al Despacho Oval de la Casa Blanca. Cuatro palabras: “Es la economía, estúpido” (“It’s the economy, stupid”) lo condujeron, de plumazo, al mural de los que acumulan frases para la historia. Y de paso le permitieron ponerle una merecida –y por eso más terrible– patada en el trasero a Bush padre, igual de guerrero que el hijo. Le arrebató la reelección presidencial.
Si momentos antes de aquella noche del 19 de marzo de 2003, cuando las bombas empezaron a caer sobre los palacios de Sadam Husein, alguien ofrece a George W. Bush cuatro palabras: “Es Bin Laden, estúpido”, y él las compra, posiblemente hoy sería visto de una manera muy distinta.
A finales de 2001, argumentando una “legítima defensa” (eufemismo: el derramamiento de sangre nunca será “legítimo”) (ojo, don Jorge Castañeda), Bush se lanzó a la conquista de Afganistán, y en un tiempo récord hizo que el Mullá Omar lamentara haber asilado a Bin Laden y a las huestes de Al Qaeda. Derrocó al hombre de Kandahar, y ya sobre suelo afgano inició la búsqueda del terrorista.
Menos de un año después de invadir Afganistán, el 27 de septiembre de 2002, sin haber cumplido con la captura de Bin Laden –como hasta la fecha–, Bush formalizó ante el Senado de Estados Unidos lo que venía rumiando en otros foros, no menores: que estaba decidido a invadir Irak, y que no le importaba si las Naciones Unidas lo apoyaban, o no.
Allí, ante el Senado, Bush hizo un puchero y dijo, para que se entendiera bien que Estados Unidos estaba decidido a ir tras los huesos de Sadam: “Después de todo, este tipo es el que quiso matar a mi papá”.
El 12 de septiembre de 2002, a un año de los trágicos avionazos, Bush había estado en la ONU, ante el pleno. En aquella oportunidad histórica se lanzó contra Irak y denunció que Husein había pla-neado “asesinar a un ex presidente” estadounidense. No dijo que se trataba de su papá.
Nadie piense que dibujo a un Bush tratando de llevar a su pueblo a la guerra –y a su eventual derrota– por una venganza personal. La venganza la toma (diccionario dixit) el que busca satisfacción por un agravio recibido. El ataque a papi jamás se consumó.
Dibujo, en este pasaje, a un hombre perverso y con poder, que, por estúpido, dejó que la mesa redonda llevara a su nación a la derrota. Posiblemente fue tentado por las eventuales ganancias petroleras de la conquista; se dejó convencer, quizás, por las millonarias ganancias que se generarían para los contratistas independientes, como la empresa que dirigió (o dirige, who knows) Dick Cheney.
Una buena parte de los recursos destinados a la “guerra contra el terrorismo” desde el 11 de septiembre y hasta el día de hoy, 757 mil millones de dólares, han ido a parar a la industria privada de las armas.
Guerra inmoral
Deje Usted a un lado los 757 mil millones de dólares de toda la “guerra contra el terrorismo”. Concentrémonos en Irak. Sólo en esta campaña se han invertido 463 mil millones. Y contando.
Con ese dinero, según la ONG National Priorities Project, es posible financiar 46 años de la campaña mundial contra el sida, o 19 años del costo total de todos los programas del planeta contra la hambruna, o garantizar, durante los siguientes 154 años, que todos los niños del mundo reciban las vacunas básicas.
Despojar, despojar, despojar
El escritor estadounidense Gore Vidal fue de los que pensaron que el primer periodo de George W. Bush en la presidencia (2001-2005) habría vacunado a una mayoría del pueblo estadounidense contra el fascismo, y que sólo haría falta intensificar el esfuerzo para que no fuera reelecto en 2004.
Pero se equivocó. Y una mayoría de nosotros, dentro de Estados Unidos, en México o en el mundo entero, también. Bush no se va sino hasta el martes 20 de enero de 2009, aunque justo dentro de un año, el 4 de noviembre de 2008, el pueblo estadounidense irá a las urnas.
(Dios, qué larga fue la espera).
En 2005, reelecto Bush, Vidal presentó su libro América Imperial, en cuya introducción sostiene que las cuatro palabras más dulces del vocabulario estadounidense son: “I told you so”, es decir, “se los dije”.
Obviamente se curaba en salud. Es evidente que lanzaba un reclamo. Siendo un hombre inteligente, también dejaba una advertencia: George W. Bush y su junta militar están a punto de dar un autogolpe.
Su lógica era que Bush y sus “Halcones”, ante la ingobernabilidad provocada por el rechazado por el 80 o 90 por ciento de los habitantes, “retomarían” la conducción del gobierno como junta.
Gore Vidal no se dio cuenta de que Estados Unidos no fue gobernado –para su fortuna– por esa junta militar, pero gran parte del planeta sí. Pregúntenle a Irak; revísense los debates en la ONU antes de la invasión.
A Bush le faltó tiempo para formalizar su dictadura, digamos. La inercia del in statu quo ante bellum le marcó una fecha: ese martes 4 de noviembre que viene, dentro de un año.
Las cuatro palabras más dulces del vocabulario estadounidense son –escribió Gore Vidal– “I told you so”. Qué trágica advertencia. Qué triste condena.
Más adelante, en una entrevista con The Nation, explicó a qué se refería con ese evidente regodeo, con esas cuatro palabras. Dijo: “No se puede mantener una república y un imperio al mismo tiempo. Los romanos no pudieron. Los británicos sólo lograron arreglárselas hasta cierto punto, para luego caer en la ruina. Los venecianos fueron un imperio y también Estados Unidos. En cada caso, esas repúblicas se perdieron. A partir de nuestra guerra contra México, en 1846, que tuvo el objeto de apropiarse de California, hemos estado en un puro ánimo imperial de despojar, despojar, despojar…”
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Comentarios (2 comentarios)
Ni duda cabe: es, al parecer, un mal endémico el hecho de que los gobernantes de un país (incluído el más poderoso del mundo)actúen haciendo a un lado el sentir mayoritario de sus gobernantes. Son y serán un eterno “mal necesario”. Un consuelo: los gringos no pueden mofarse de nuestro “ex” Fox…ellos eligieron a uno mucho más bruto (y aún peor: bruto y MUY PERVERSO)
Rafael Neftaly Becerra / Noviembre 6th, 2007, 6:14 pm / #
[…] […]
unafuente.com » Blog Archive » GUERRA EN IRAK | 2007, EL AÑO CON MÁS MUERTOS DE EU DESDE LA INVASIÓN / Noviembre 6th, 2007, 11:03 pm / #
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