04
Ago

CUATRO POR LA ESCALERA

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

Contaba recientemente que despedí a la doña A., la señora que atendía mi casa, después de un incidente de negligencia que la llevó a caerse de cabezota desde las escaleras, y a salvarse (por razones que ella deberá explorar) de una muerte casi segura. Fue un despido fulminante, después de nueve o 10 años conmigo. Y un regaño a sus hijos. Lección aprendida, dije; a otra cosa, Alejandro.
Tomé los siguientes días con naturalidad. El primer fin de semana acomodé libros, barrí y lavé pisos y hasta bañé a los perros. Acomodé mi ropa sucia para llevarla a tintorerías y lavanderías y me di el lujo de ir al sastre para que arreglara varios pantalones que ya no me quedan, porque traigo un desorden fresa y adelgazo como quinceañera. Acomodé platos y tasas, puse algunos cuadros y bajé a Ana, mi violoncelo, para limpiarlo y afinarlo (tres años sin tocarlo).
El día del accidente de doña A. dormí con ayuda de un tafil que me regalaron hace como cinco meses. Aún así alcancé a escuchar que Simone, mi perra, hacía ruidos raros: gruñidos y lloriqueos muy, pero muy en silencio. Y Niño, el otro chiquilín, se fue a dormir en la sala. “El impacto de ver caer y sangrar a doña A.”, pensé. Caí como piedra.
Con los días, las cosas empezaron a descomponerse. Las calabazas, tomates, cebollas de rabo y chiles que sembré en el techo del departamento tristearon, y la cama acumuló (no soy bueno tendiéndolas) casi dos semanas con las mismas sábanas. Y más. No me extiendo. Pero eventos importantes sucedieron cierto día, y de ellos doy cuenta a continuación. Fue de noche. Simone y Niño no me esperaron en la puerta. No corrieron, como lo hacen cuando llego de trabajar; se montaron sobre el sillón de la recámara (uno de esos que hacen masajes y que se volvió tapete de los dos perros).
Los tres tenemos un acuerdo: los saco por la mañana a que respondan a sus necesidades, y por la noche que vuelvo a casa. Si alguno tiene especial urgencia, como sucede con regularidad, puede ir al baño de visitas, en donde he instalado, en el área de la regadera, periódicos. Pues ese acuerdo les valió menos que una tiznada esa noche. Simone se bajó del sillón y se orinó viéndome a la cara. Luego Niño. Sabedores de su pecado, corrieron al baño. Los agarré de la correa correctiva; los jalé para que vieran su chiste. Los ojos gachos de Simone me hicieron mierda. Los dejé ir. Tomé servilletas y empecé una minuciosa limpieza, y a la par inicié una reflexión sobre mi vida, los perros y tener problemas con el polvo.
Como Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo, mi vida ha dependido siempre de la amabilidad de los extraños. Le debo casi todo a la bondad de los otros, y peleo contra la mezquindad que viene en el empaque original de los seres humanos. No es que trate de ser amable porque desconozca otra forma de ser: soy mala hierba; soy una hiena de basurero; soy un sembrador de desazones cuando me lo propongo. Pero intento controlar a la bestia y dignificar ese empaque original; busco ser amable, y depender de la amabilidad de los otros. La verdad, no sabía cuánto dependo yo, y cuánto dependen mis dos chiquitos de doña A.
No agrego mucho más. Tomé el teléfono y llamé a Elena, mi ángel de la guarda. Le dije, delante de Simone y Niño: “Llama por favor a doña A. Dile que es una desobligada, abusona; coméntale que estoy tan enojado que si la veo la aviento otra vez de las escaleras, que dos golpes como el que se dio no los aguanta ni la ‘Mujer maravilla’. Dile también, pero en voz baja, que regrese a casa”.
No me hagan decir más; no quiero argumentar más. Permítaseme terminar con dignidad esta crónica de una derrota completa. Instalaré un alcoholímetro en la puerta (¿existen?); ya elevé el barandal de las escaleras. Hablaré con los hijos de doña A. y hasta con el portero. Pero al final, he perdido contra mí mismo: está de regreso en casa. Carajo. No me queda sino desear que la próxima vez nos caigamos los cuatro de la escalera, ahogados de borrachos, y que no haya quién para llamar a los servicios de emergencia.

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Esta entrada fue publicada el Miércoles, Agosto 4th, 2010 a las 12:47 am y archivada en POSTS. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de RSS 2.0 feed.

comentarios

5
  1. Agosto 4th, 2010 | citlali cruz dice:

    Una delicia leerte. Soy tu fan.

  2. Agosto 4th, 2010 | Rouge dice:

    “Que nos caigamos los cuatro de la escalera, ahogados de borrachos”.

    :) Esta parte me encanta.

  3. Agosto 4th, 2010 | Anna dice:

    ¡Ja, ja, ja, ja, ja, que risa!

  4. Agosto 5th, 2010 | marcela dice:

    leí todo lo que escribiste-
    ¿ya tocas tu violoncello?

  5. Agosto 10th, 2010 | gabriel dice:

    tasas vs tazas

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