UNO. Tragedia en Texas

01/3/07 12:30 PM por Alejandro Páez Varela

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Gabriel Orozco, Black Kites, 1997

Perseguida por restos de pólvora en combustión, la bala .45 abandonó el cañón, y justo antes de entrar en el ojo izquierdo se detuvo para que Jessica pudiera ver, como dicen que ven los condenados a muerte, su vida en un segundo.
No, otra vez: la bala entró por el ojo izquierdo y salió por la nuca, seguida por un chorro de sangre y materia blanda, y las esquirlas del quemarropa se estrellaron en la frente, la nariz y las mejillas. Ella no tuvo tiempo de ver pasar toda su vida en un instante, como dicen que se deja ver, porque justo ese día lloraba conmovida mientras seguía por televisión, en vivo, la dramática desaparición, búsqueda, muerte y hallazgo de tres niños en un pueblo de Texas poco conocido hasta antes de la tragedia.
comparte-este-texto.jpg“¡Qué terrible!”, gimió Jessica cuando el hombre de las noticias dio a conocer que la familia misma había encontrado, en la cajuela de un auto estacionado en su nariz, los tres cadáveres arañados de los niños de cinco, seis y ocho años. “Qué terrible”, sollozaba, y en eso tocaron el timbre. Con los ojos húmedos fue a abrir; quitó confiada el seguro de la puerta y no alcanzó a ver el rostro del supuesto repartidor, oculto tras el ramo de rosas rojas. “Floreee”, dijo el emisario, y se interrumpió para jalar el gatillo. Ella escuchó un “¡clanc!” seco, y sintió un leve calor amable en el rostro y un desvanecimiento que la llevó de golpe al piso. “¡Clanc”, escuchó, pero su mente estaba en otro lado, en el drama televisivo. No vio su vida en un instante, como dicen que la ven los que están muriendo: estaba lo suficientemente compungida como para atender su propia muerte.
La bala penetró la pupila y salió con dirección al baño del departamento de dos recámaras, y luego de rebotar en el piso de azulejos amarillos entró –con precisión de pelota de golf– al hoyo de topo de lo que fue un desagüe, ahora en desuso y sin cañería, que daba directamente al baño de un piso más abajo. El pedazo deforme de plomo se atoró en la tina del vecino. La televisión siguió encendida. Jessica quedó boca arriba, con un ojo negro y el otro abierto; uno escurriendo sangre y el otro lágrimas, porque cuando llegaron a matarla lloraba por tragedia de un pueblo texano que perdió, en una sola tarde, por un descuido de los padres, a tres de sus hijos.
“¡Ultimas noticias!”, gritaba el reportero de televisión. “Tres niños que habían sido reportados como perdidos fueron encontrados hace unos instantes por sus propios padres, en su misma casa, luego de una intensa movilización que incluyó a policías y vecinos del barrio. Jugando, los tres niños se metieron en la cajuela de un auto abandonado en el garaje, y murieron de asfixia. En su desesperación, se arañaron unos a otros. En esta repetición, captada por los canales locales, vemos el momento exacto en el que uno de los padres de los niños abre la cajuela del auto en busca de una lámpara, y encuentra a los pequeños. Dolor profundo en este pueblo de Texas, que desesperado se había lanzado a buscar a los tres inocentes pero que jamás reparó que fallecían justo a su lado, bajo sus ojos”.
Sin rastros de la bala, los investigadores policíacos de Ciudad Juárez no tuvieron más remedio que confirmar la tesis de que Jessica había sido ejecutada lejos de su casa, y que los asesinos habían montado “un espectáculo para evitar ser reconocidos. Desparramaron sangre, hueso y masa encefálica en el departamento para despistarnos. Encendieron la televisión para disimular sus propios ruidos”, se dijo en la conferencia de prensa.
Así murió Jessica, un verano de tragedia en Texas. El hedor de su cuerpo descompuesto y el ruido permanente de la televisión llamaron la atención de los vecinos del mismo piso, que informaron de sus sospechas a la policía. La enterraron en Nuevo Casas Grandes con toda discreción, cinco días después de que los canales texanos se habían enlazado para difundir, en vivo, el sepelio de tres niños que murieron accidentalmente en la cajuela de un auto. Los padres, mexicoamericanos, se abrazaban con dolor. “¡No nos abandones, Dios mío!”, gritaba el mismo que, buscando una lámpara y por mera casualidad, había encontrado los tres cuerpos que una hora antes jalaban desesperados el poco oxígeno que quedaba en la cajuela del Ford LTD abandonado en un garaje.

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