FIN DE UNA ERA

12/2/01 1:30 PM por Alejandro Páez Varela

NUEVA YORK.- El invierno arrastra hojas amarillas por las calles, y los trabajadores de limpieza no se dan abasto. En el metro, los músicos; en las esquinas los bagels. Paquito de Rivera toca en el Blue Note; Harry Potter reina en cines, aparadores y portadas de revistas. A simple vista, las cosas parecen en orden.
Pero la quietud de la ciudad, y las banderas en aparadores y edificios, recuerdan que una guerra se libra en Afganistán y que todo empezó aquí, en la Gran Manzana.
Es imposible no advertir que el horizonte se ve triste sin las Torres Gemelas. Desde el puente de Brooklyn, Manhattan incluso da pena: es como si le arrancaran dos dientes a Liza Minelli, y aún sangrando la obligaran a dar show de lunes a domingo.
Porque, a pesar de que los japoneses fotografían ground zero con la pasión con la que asedian a la Mona Lisa en París o las pirámides en Chichén, no hay manera de pasar por turista frente a tanto dolor. Miles de cuerpos siguen enterrados, esperando los trascabos, aguardando justicia desde el 11 de septiembre. Miles de padres, madres, hijos y amigos siguen pudriéndose bajo escombros.
Son los miles de inocentes que no vieron por la tele ese espectáculo inédito, sorprendente, amargo (dos aviones destruyendo las torres del WTC), porque ellos eran el objetivo.
Son los miles que no se enteraron de que fue el odio el que partió las vías por las que iba, todavía a buen ritmo, el tren del siglo xx.
Cuando los diarios reseñan el desplome de los reductos talibanes en las montañas; cuando detallan el rescate de los restos en Nueva York; cuando dan cuenta del ántrax o de la nueva alianza del norte —la verdadera: la de las superpotencias—, queda claro que esto ya no es el siglo xx, sino el xxi.
El cambio de milenio fue cosa de niños. Es el 2001, año en que vivimos en peligro, el verdadero separador para los libros de texto que se leerán mañana, en las clases de historia.
La pasada noche del 19 de noviembre, cientos de afganos pelearon en el centro de Kabul. Se disputaron, a trancazos, los 600 asientos del cine Bakhar, que abría por primera vez en cinco años con Uruj (o Ascensión), una película de 1995.
Los cines fueron prohibidos por el régimen talibán justo hace un lustro, cuando sus guerreros santos tomaron la ciudad a balazos. A un cinéfilo afgano —se puede concluir entonces— le tomará un buen tiempo ponerse al tanto de lo que pasó en Hollywood, hoy que las ciudades-símbolo de Afganistán han sido arrebatadas de manos de los fundamentalistas religiosos y cedidas a otros no muy moderados que digamos.
Hijos de la guerra de 10 años contra la URSS (que EU financió desde el frente paquistaní), los muyahidin han dejado de ser gobierno. Sus principales líderes han muerto, andan a salto de mata o han caído presos. Al Qaeda, la organización terrorista de Osama bin Laden, está hecha añicos. El sueño de un Estado musulmán radical, sin educación y con mujeres convertidas en vacas, ha terminado. Nadie lo esperaba en agosto pasado. Nadie lo creía posible a principios del 2001.
Las bombas han pulverizado las últimas pertenencias de los harapientos. Las crónicas hablan de un pueblo de niños que perdió a los adultos durante las ya bastantes guerras. ¿Edad promedio de la población afgana? Dieciocho a 20 años. Y la desgracia todavía no toca fondo.
En el año de las sorpresas, el mundo se ha recompuesto. Ha sido tan rápido que en las cercanías del cine Bakhar corre sangre fresca. Las naciones poderosas, agrupadas —como no lo hacían desde la Segunda Guerra Mundial— en torno a un objetivo bélico común (talibanes y Osama) vencieron la inercia que arrastraban desde el fin de la Guerra Fría.
Una nueva era empieza; otra se ha dado por terminada.
Si los 90 no fueron suficientes para romper el hielo tras la caída del Muro de Berlín en 1989, sí lo fue el 11 de septiembre de 2001. Vladimir Putin y George W. Bush se dejan ver juntos en los bailes, agarrados de la mano, como Fred Astaire y Ginger Rogers. Hablan de cooperación económica y reducción de armas nucleares, y parece que han renunciado a la enemistad.
China ha ingresado al juego occidental de la apertura; se volvió miembro de la omc, días después de aprobar públicamente las acciones norteamericanas en Afganistán, y su presidente, Jiang Zemin, aparece sonriente en las fotos, junto a funcionarios norteamericanos igualmente complacidos. Lejos quedaron las diferencias por el avión derribado meses antes; lejos andarán por un rato las presiones para que los chinos se democraticen. Eso era agenda de otra época, se advierte.
Europa, que había visto en el sucesor de Bill Clinton un chivo en cristalería, es una pieza sólida en torno a la causa estadunidense. Y Bush, que empezó el año de pleito hasta con sus socios —canceló acuerdos ambientales y presionó con el escudo antimisiles— ha dejado atrás la sospechosa elección que lo llevó al poder para convertirse en un presidente con una aceptación que anda entre el 80 y el 90 por ciento.
Sin embargo, todavía no es claro quién pagará la reconstrucción de Afganistán, hoy que no queda sino polvo y luto. Es incierta aún la lista de los perdedores por los acuerdos que alcanzaron las superpotencias antes de unirse en un grupo compacto.
Eso sí: los alineados porque-no-les-quedaba-otra-opción; los débiles que no participaron en la formación del Nuevo Orden Mundial, no decidirán el futuro.
Algunos analistas sostienen que los paganos serán las minorías; que todos los que no concuerden con los intereses de los gigantes quedarán bajo amenaza. Y aquí la lista negra se hace larga. China, Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia o Europa tienen cuentas pendientes que ahora sí se van a cobrar… y en equipo.
Chechenos, palestinos, religiosos chinos y etnias del Tíbet; países rebeldes como Irak o Siria. Todos están muy cerca de enfrentarse a la nueva coalición de los poderosos.
Porque el discurso de Washington es claro: pobre de quien se atreva a oponerse, inocente el que quede fuera del Nuevo Orden.
Allí están los afganos de la resistencia como ejemplo. •

2 DICIEMBRE 2001

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