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Nunca nos escucharán gritar gol

Siempre fue muy complicado decir que no veo futbol. De niño y de grande. Pero más de grande. Cuando iba a la escuela primaria en Ciudad Juárez, los llanos estaban repletos de muchachos jugando beisbol. El soccer ni sus luces. Así era en el norte. Yo me arrimaba a los badíos con otras intenciones, sin embargo: llevaba una pala de madera, unos frascos con tapa y un pedazo de cartón delgado para cazar alacranes. Nadie me hacía bullying. Sabían que lo mío eran las alimañas y me dejaban en paz. Ellos a sus guantes de beis, yo a mis aventuras. Y si por algún motivo se armaban los partidos en la calle y estaba allí, alguien se compadecía y, aunque me escogieran al final, me colocaban de defensa. La hará de bulto, pensarían; pero me daban chance. Ahora se que a esos bultos les llaman “tronco”. Eso era yo: un tronco. No les explicaba que me valía un carajo; ni modo: asumía mi rol de tronco agradecido.
Pero de grande, las cosas han sido más complicadas. Por un lado, los juegos de futbol unen a los grupos de amigos. Nadie querrá invitar nunca a su casa a beber y comer, en sábado, a un neófito del futbol. No me quejo: de hecho, lo entiendo: yo pregunto todo y arruino la mañana-tarde-noche con mis comentarios idiotas. Y no es quedarse en silencio, porque eso tampoco funciona; los que no saben son troncos, también, cuando están callados. Estorban. Consumen chicharrones de harina y cerveza, ocupan un lugar, generan humo y CO2. Por eso, si alguien lo recuerda, me ofrezco para cocinar; me sumo gustoso a las cocinas de mis amigos y ayudo. Aclaro que no soy gay (porque ese es el estereotipo: no ve futbol y cocina: es gay). Me sumo con gusto pero si alguien me preguntara en ese momento qué querría estar haciendo, les diría con claridad que anhelaría ser parte de ese grupo de amigos sin tener que hablar o ver de futbol pero, si no se puede, pues lo que más querría es estar en casa. No hay alacranes en el DF pero están mis perros, mis libros, mi tele, mi cocina, mi música, el extraordinario -y siempre malentendido- silencio.
Por otro lado, los juegos de futbol alimentan la plática permanente. Me asombro cómo las parejas hablan de pelota, de que si “El Piojo” Herrera o “El Chicharito” o no se quién. Y para esas pláticas, que parecen naturales y nimias, se necesita un conocimiento acumulado que no tengo. Hace unos días -para explicarlo-, el editor de un grupo editorial hacía un sondeo entre escritores sobre su “selección ideal”. Reproduzco mi diálogo con él, vía DM de Twitter, modificando sólo lo necesario:
-Estimado, una consulta rápida para un ejercicio de la revista XXX: ¿Cuál ha sido tu selección mexicana favorita desde que lo recuerdas?
-Amigo querido, soy famoso porque de soy neófito del futbol. Nunca jugué. Nunca lo vi. Me acuerdo sólo de Pelé, un tal Cuéllar y Maradona. Bueno, y de algunos nuevos y famosos, por supuesto. Te fallo terriblemente, querido.
-Es usted maravilloso, maestro Páez. Alentador que recuerde a Cuéllar. Gran abrazo! -Me respondió, correctísimo.
-Jajaja -dije yo. Qué más decía-. No se ría. Recuerdo su melena grande en la portada de la revista Proceso, que decía: “FALLARON”. Y nada más. Gran abrazo, querido.
No hay alacranes en el DF. Es una pena. Va uno levantando piedras en los llanos hasta que das con uno. Si no alborotas demasiado su entorno, se quedan quietos. Les pasas el cartón por debajo, tomando algo de tierra, y no se mueven. Luego colocas el frasco bocabajo sobre el cartón y ya está: el alacrán es tuyo. Ahora se necesitan moscas. Abres el frasco y se las echas. Las matan. Les pican. ¡Zas! Un movimiento rápido, exacto. Cuando metes chapulines es todavía más espectacular: los chapulines tienen unas patas traseras poderosísimas que les sirven de armas. Les dan de patadas. Un pleito bárbaro. Gran compañía, los alacranes; gran compañía, alacranes, chapulines y moscas.
Siempre fue muy complicado decir que no veo futbol, decía. De niño y de grande. Pero más de grande. No me quejo, pero cada cuatro años mi vida sufre pequeñas modificaciones. Pocos me llaman. Pocos me comparten su día, me cuentan qué hacen o me invitan a sus fiestas.
Cada cuatro años me recluyo en mi propia piedra. Me dejo atrapar por mí mismo, me meto a mi frasco. Y allí, en mi frasco con tapadera, mis perros, mis libros, mi tele, mi cocina, mi música y el extraordinario -y siempre malentendido- silencio esperamos a que lleguen los chapulines o las moscas. ¡Zas!, damos golpes exactos. ¡Zas!, decimos. Porque nunca nos escucharán gritar ¡goool!

-Alejandro Páez Varela
@paezvarela

Volver a Ciudad Juárez

–Para Aurelio Páez Chavira (1935-2013)

“No quiero volver a Juárez”, le dije a mi hermano. Me había recogido en el aeropuerto e íbamos hacia el Puente Libre. Era la noche del 25 de diciembre y caía un frío canijo que emblanquecía las calles, los toldos de los carros, los vidrios de las casas, la tierra. Una nata de contaminación cubría buena parte de la ciudad porque, supe por la televisión, se ha regresado al carbón y a la leña (en pleno Siglo XXI); el gas es endiabladamente caro a pesar de que algunas de las familias más poderosas del sector energético mexicano son juarenses, como los Fuentes.

“No quiero volver a Juárez porque me quita las fuerzas”, le insistí a Aurelio. La mancha urbana pasaba frente a nosotros: los mismos terrenos baldíos, las mismas paredes con pintura vieja, estrellada y carcomida; las mismas banquetas de tierra de cuando éramos niños. Algunas cosas han cambiado en décadas y casi todo para mal. La guerra pudrió lo que estaba medio podrido pero los apellidos de siempre le siguen chupando vida a la ciudad: los Fuentes, los Bermúdez, los Terrazas, los Escobar, los Quevedo, los Zaragoza, los De la Vega. Los mismos apellidos que han sacado todo de esta frontera y a los que –ahora resulta– debemos agradecer su misericordia. En el discurso oficial, esos zánganos son los padres de la patria chica. (Y ahora los Duarte, porque los periodistas chihuahuenses cuentan –y ya lo publicarán cuando existan condiciones– que la familia completa del Gobernador tiene un pie sobre todo lo que pueda escurrir centavos públicos: el mundo de las licitaciones, las universidades, los organismos descentralizados y las sierras de pino y metales; nada escapa a su apetito, dicen).

En esencia, es el mismo Juárez en el que crecimos mis hermanas, mi hermano y yo. El mismo. Montones de drogas, montones de adictos y (después del carnicero Felipe Calderón Hinojosa) de huérfanos. Montones de pobres y montones de carros viejos que defeca Estados Unidos y acá desplazan a montones de obreros por una ciudad destartalada, dislocada por la ambición y la maquiladora, sostenida sobre llantas de desecho. Grandes extensiones de terreno están bardeadas, incluso en las zonas más céntricas, porque las familias dueñas de Juárez no los quieren vender: especulan con la tierra; esperan su turno en la Alcaldía (algún sobrino, nieto o hijo llegará) para reorientar, otra vez, el crecimiento de la ciudad y así aprovechar un aumento en la plusvalía, como lo hicieron otros antes que ellos.

La ciudad, vista desde el cielo, es como el pulmón derecho de mi padre: con enormes zonas apagadas por el mal.

Traté de explicarle a mi hermano que estas eran las últimas veces que venía a Juárez. Unos días antes había estado en ese mismo aeropuerto, pero con rumbo al Distrito Federal. Ahora iba de regreso porque don Aurelio, mi viejo, había dicho: hasta aquí, ya; ahora sí. Pidió que volviera en el primer vuelo disponible de ese día. Cuando lo vi, llevaba 24 horas inconsciente, exigiéndole a sus pulmones que no le fallaran, que le permitieran ver por última vez a su hijo. Los pulmones, sobre todo el derecho, entendieron la urgencia. Dieron el último estirón.

Le dije al oído: “Papá, soy yo”. Mamá, Aurelio, Sara y Ana descansaban unas horas. Rosalba y Dalia estaban junto a él, cumpliendo su turno en la guardia. “Papá, es Ale”, dijeron.

Abrió los ojos y me vio. Eran los primeros minutos del 26 de diciembre. Puse mi rostro entre sus manos y le dije: “Aquí estoy, papá”. Y todo su cuerpo me explicó que ya no aguantaba más.

Lo tomé de la mano y así, de la mano, lo acompañé las siguientes horas hacia la puerta que se le abría.

Papá entró, con cierta resistencia aún, al último piso de la inconsciencia.

***

William S. Burroughs cuenta en El almuerzo desnudo (1959) de dos costumbres para despacharse a los viejos y a los enfermos. Los ingleses rurales ofrecían (supongo que ya no) una “fiesta de sofocación”: acostaban a su pariente y luego iban colocando colchones encima de él y mero arriba, bebían. El escritor norteamericano da por hecho que todavía hace 54 años en África (supongo que la África austral, del este y el oeste) existía la figura oficial del “expulsor”, un funcionario que sacaba a los viejos de su casa para abandonarlos en el bosque. Los dos ejemplos son dramáticos pero, honestamente, no sorprenden a nadie. Así es el mundo hoy también, querido William.

“Mira”, apunta mi hermano y señala: el más grande centro comercial, el más lindo y más moderno, uno que envidian de Houston a Miami, se inaugura en estos días en El Paso, Texas. Kilómetros de tiendas. Impresionante. Fue construido mientras Ciudad Juárez sufría una guerra; mientras miles de cuerpos despedazados provocaban la angustia de los sepultureros municipales, para quienes la fosa común había resultado insuficiente. El mall (un outlet, en realidad) fue construido con el dinero de las familias más pudientes de Juárez, faltaba más: los mismos que durante décadas se enriquecieron con licorerías disfrazadas de “tiendas de conveniencia”: vendieron alcohol y alcohol (y todavía lo venden) colonia por colonia y barrio por barrio a una ciudad que siempre tiene sed pero de justicia social, y no lo sabe, nadie se lo ha enseñado. La “mitiga” con alcohol, drogas, confeti y dolor.

Los ricos más ricos de Juárez, de cuya misericordia los juarenses debemos estar agradecidos, juegan desde hace décadas en las grandes ligas e imponen su ley desde Nuevo México y Texas hasta posiblemente Canadá. Sus negocios llegan a Sudamérica, por supuesto. Las elecciones locales son elecciones entre ellos: esas familias y uno que otro invitado ocasional deciden quién gobierna.

Esos ricos han acumulado colchones y colchones encima de Juárez para sofocarla y casi lo logran. No la matan porque la ciudad puede ser muy fea (y más fea está ahora) pero, ¡ah!, qué buenos negocios se hacen por acá. Podrá no tener pavimento, pero, ¡Dios bendito!, qué buen dinero se le saca a tanto jodido.

–Por eso no quiero volver a Juárez –le dije a mi carnal.

–¿Por qué? –me preguntó y no por incrédulo, sino porque se quería reconfirmar algo que él mismo siente desde hace tiempo.

–Porque Juárez es una mierda.

Mi hermano y yo pensábamos en lo mismo: En que casi toda la clase política de Juárez es una mierda y casi todos los grandes empresarios de Juárez lo son, también.

Los juarenses no.

***

Papá sugirió que su cuerpo fuera enterrado en Juárez. La burocracia, nos explicó el servicio funerario, imponía hasta 12 días de trámites. “Mi padre no es el fiambre de nadie”, dije a mis hermanos y a mamá y coincidieron. Decidimos que se quedara en El Paso, Texas, a donde había cambiado su domicilio para ejercer un seguro médico que una de mis hermanas le compró mientras él dedicaba su vida a todos los que le rodearon. Así era el viejo. Una parte de Chihuahua sabe que Don Aure se quitaba los zapatos para dárselos a quien lo necesitara y así lo hizo tantas veces que terminó sin dinero.

Mientras él soñaba con un mundo mejor, mamá construía el mundo que se necesita: educó a sus hijos y les enseñó el valor del trabajo, la honestidad y el perdón. Así que a papá no le faltó nunca nada y jamás careció de lo que más se requiere para respirar si se está muriendo de enfisema pulmonar: el amor del otro.

Calculo que mi padre trabajó sin descanso durante unos 70 años. Nunca tuvo una pensión.

–Papá pidió un sepelio discreto –me informó Rosalba.

–Carnal –me dijo mi hermano antes–: ¿qué son 8 cuadratines?

Papá dijo, en los últimos días, que “8 cuadratines, y muy estético”. No le explicó más a mi hermano.

Casi todos los periódicos impresos del mundo estaban hechos a 78 cuadratines de ancho. Una columna medía 8 cuadratines, pero dos columnas 18. La razón es que cuando juntas dos columnas, el espacio que separa a un texto del otro mide un medianil o bien, dos cuadratines.

De esta forma, un niño que tiene papá periodista (como yo) y quiere ser periodista (como yo), en esos años tenía que aprenderse de memoria que la suma de las columnas crecen de diez en diez, aunque una columna sola mida ocho.

8 cuadratines, 1 columna.
18 cuadratines, 2 columnas.
28 cuadratines, 3 columnas.
38 cuadratines, 4 columnas.
48 cuadratines, 5 columnas.
58 cuadratines, 6 columnas.
68 cuadratines, 7 columnas.
78 cuadratines, 8 columnas.

¡Ocho columnas! Sí, hermosas ocho columnas.

El director del periódico El Fronterizo era Antonio Pinedo. Yo tenía 16 años cuando mi primera historia fue la de 8 columnas del diario.

–Alex –me dijo la recepcionista, la señora Mares–, le llama un señor por teléfono.

Corrí a una extensión; los celulares no existían.

–¿Bueno? –dije.

–La de ocho columnas, Ale –dijo la voz al teléfono–. Felicidades.

–Gracias, papá.

Teníamos años sin hablar. Y después de esa llamada, duramos otros años más sin tener contacto.

–Ocho cuadratines significa que papá quería un funeral muy modesto, carnal –le dije a mi hermano Aurelio.

Ocho cuadratines. Modestos y estéticos.

***

Un día de finales de 2009, frente a un grupo pequeño de periodistas reunidos en una breve terraza en Los Pinos, el entonces Presidente Felipe Calderón me dijo: “Ah, usted también es juarense…”

Ya saben: ser juarense en años de Calderón significaba que tenías la culpa de todo: pertenecías a alguna mafia, eras pandillero y te hacías pendejo, y además cagabas inmoralidad. Ser mexicano en esos años era ser culpable de algo, recordarán. Un periodista corrupto me acusó de narco en esos años. ¡De narco! ¡Todo porque escribía contra su querido Genaro García Luna! Desvergonzado.

Recuerdo cuando Calderón se refirió, en esa plática, al dos veces Alcalde juarense Héctor “Teto” Murguía.

–Ya ve, esos juarenses: que el “Teto” Murguía ese va a ser candidato del PRI a Presidente municipal otra vez. Un narco… –dijo.

No le respondí. Tienes al Presidente frente a ti y no siempre puedes responder lo que quieres.

Y, en efecto, “Teto” era señalado hasta por la DEA de tener nexos con los narcotraficantes. Por lo menos uno de sus colaboradores más cercanos se había entregado a las autoridades en El Paso.

El PRI hizo candidato a “Teto” Murguía para un segundo periodo. Ganó.

He escrito ríos de textos contra Felipe Calderón pero, oiga, pinches juarenses. Reelegir a “Teto” es de esas cosas que no tienen madre.

Poco después de ese encuentro con el entonces Presidente, escribí (entre otras cosas) en El Universal:

    Ah, políticos insensibles. Ah, policías y periodistas corruptos. Sedientos de plata, plomo y notoriedad. A ver, ¿en dónde están los estudios que sugerían –uso como ejemplo mi ciudad, pero se aplica al país entero– que Juárez requería una invasión de fuerzas federales? No existen. Si existieran, ya los habrían mostrado. Sin embargo sobran los análisis que alertaron desde hace décadas que la frontera se descomponía socialmente. Décadas en manos del PAN, por cierto; la ciudad es gobernada por PAN-PRI desde 1983. Los estudios que advertían que Juárez (como muchas regiones del país) requería atención social sirvieron un carajo. Allí están, en universidades y organizaciones nacionales y extranjeras. Los escribieron especialistas y periodistas (por espacio les doy un ejemplo: El laboratorio del futuro, de Charles Bawden).

    Pero no. Ante la enfermedad social que representan el consumo y la venta de drogas, balas y muerte. Castigo. Qué tontería. Cuánta irresponsabilidad. El olor de esa sangre habrá llegado al techo del mundo. Y esa sangre, que tiene culpables, exigirá justicia.

Que yo sepa, casi nadie marcha en Ciudad Juárez para exigir justicia. Apenas un puñado de madres desesperadas; apenas un grupo de periodistas honestos y una parte de la sociedad civil siguen luchando.

En cambio, el mall en El Paso, construido por los ricos-ricos de Juárez, está que no le cabe un alfiler. Lleno a full. Lleno de juarenses.

Pinche Juárez. Dan ganas de no volver.

***

El 25 por la mañana me desperté muy temprano, inquieto. Ahora entiendo cómo suena un corazón con tristeza de verdad. Muchas cosas se entienden en los extremos de la vida. Escribí:

    Simone, Niño y yo optamos anoche por el silencio. Les hice hígado con sal de ajo y yo metí al horno unas empanadas con queso de cabra y verduras y nos tiramos a la cama en paz. Noche de paz: ahora se qué significa.

    Nos dormimos tarde escuchándonos en silencio; la pasamos muy bien. Una buena Navidad.

    Ahora estoy en el aeropuerto y, otra vez, el ruido. El frío me cobija pero no soporto tanto ruido. Hay poca gente aquí y aún esa poca gente hace ruido.

    No quiero pensar, no quiero escribir: todo hace ruido. No me quiero mover, no quiero viajar, no quiero ver a nadie o extender la mano.

    Creo que es el mundo (o mi mundo) el que, mientras se desploma, hace ruido.

    (Si me duele un pulmón es a papá a quien le duele.

    Si me siento cansado es papá quien se cansa.

    Si no me despierto es papá quien se duerme.

    Si juego al trompo, si me como un gusano, si dejo el chupón, si quiebro un vidrio, si junto alacranes en un frasco, si nos mudamos a otro barrio del mismo Juárez jodido; si entro a sexto año, si salgo de tercero, si tengo novia, si publico mi primera historia con mi nombre en ella: todo es papá, es papá, es papá, es papá.

    Si camino sobre hielo que se rompe, es la fuerza de papá la que me tumba, o la que me lleva).

***

Una urgencia: decirle a mis hermanos, sin dramas y que se entendiera como último deseo (imaginen: mi padre tendido frente a nosotros), que sí quería volver a Juárez algún día pero sólo para que regaran mis cenizas en El Chamizal o en Samalayuca. No tengo hijos, dije; no quiero causar problemas: mis cenizas así (hice un gesto), como quien tira un café frío por la ventana del carro.

Apenas lo balbucee. Como era de esperarse, nadie me hizo caso. (Los hermanos mayores son siempre tus hermanos mayores).

Me concentré en la caja en la que habían encerrado los restos de papá. Me concentré con todas las fuerzas, a ver si alcanzaba a escucharle algo. Quería que papá me sorprendiera; quería que me dijera, otra vez, que me quería (aunque siempre me dijo eso: que me quería). Nada. Sólo silencio.

La madrugada de su muerte hizo un gran, gran, gran esfuerzo por abrir los ojos después de 24 horas de inconsciencia. Y entre las 2 y las 5 de la mañana desarrollamos un juego: yo le apretaba la mano, y él me regresaba el apretón, aunque tardara unos segundos. Luego me apretaba la mano y yo le devolvía el gesto.

A las 5 en punto de la mañana fue mi último apretón. Ya no me respondió.

Lo siguiente fue presenciar, en soledad, no la muerte sino el fin de una vida. Y a las 6 de la mañana, también en punto, murió papá. Las respiraciones se fueron alargando, alargando, alargando, hasta que los pulmones, de la manera más decente y cortés, dijeron: “Hemos acompañado a este hombre 78 años y lo hemos hecho con fidelidad. Hasta hoy. Nos vamos con él”.

***

Días antes del 26 de diciembre, los médicos pidieron que papá fuera llevado a casa a morir en paz y rodeado de mamá y mis hermanos.

Yo tomé mis cosas y salí corriendo al aeropuerto de Juárez y luego al Distrito Federal. No, no, no: no puede un hombre ser enviado a “morir en paz”, dije. “¿Morir en paz? ¿Qué mierda de término es eso? ¡Se muere en guerra!”

Me miento por la desesperación, acepté poco después. Me miento por la angustia y la tristeza.

Y escribí mi rendición:

    Dicen que nevará. Y sí, puede ser, porque cae un frío dulzón como el de los momentos previos a una nevada (frío-frío pero no tan frío) y las nubes, bombones rojos (en eso arriba que llamamos “cielo”), hacen esfuerzos por tapar la luz de la Luna.

    Esta madrugada hay Luna y estrellas y son un techo arriba de los techos de Juárez y El Paso.

    En la tarde, ¡qué tarde!, el sol se dio tiempo para dar el mejor de sus espectáculos. Vi sus rayos cruzar mansiones de algodón, abrir caminos de oro entre una nube y otra. Caminos de luz –anaranjados, azules, rosas, amarillos– entre los algodones blancos.

    Mi hermano me llevó de niño a la acequia y después de la acequia estaban los algodonales. Esos campos eran como un espejo gigante que reflejaba el cielo (eso arriba que llamamos “cielo”): algodón gigante en el techo del mundo, y abajo, reflejado, algodón pequeño.

    También recuerdo esos mismos campos en invierno, después de la cosecha, tan grises y tristes, secos; tan amargos y despojados.

    Seremos, algún día, algodonales después de la cosecha.

    Dicen que nevará y mejor así, para que la nieve cubra mis campos grises y tristes de invierno, tan amargos y despojados después de la cosecha.

Ni modo: campos secos, algodonales en desesperanza, pero tráiganme al Paso del Norte, mi casa, en un vaso. Si los trámites funerarios se ponen pesados, riéguenme en Samalayuca o en El Chamizal, en Juárez. Aunque lo mejor sería que me acurrucaran, si no es mucho pedir, junto a mi viejo (¿o mis viejos?) en El Paso.

Nadie notará, a nadie le importará si desparraman un vaso con café frío sobre el pasto.

–Alejandro Páez Varela
29 de diciembre de 2013

Navidad 2013

–A mi padre, Aurelio Páez Chavira

ODIO (con mayúsculas) el ruido como nunca antes en mi vida. El ruido de los parques y el que hace la luz del sol cuando se estrella sobre las banquetas; los gemidos de los cigarros si me ven (“¡devórame, devórame!”) y el de las botellas que chocan.
Si cierro los ojos, ese cerrar de ojos hace ruido. Si leo, aunque sea en voz baja (baja interior), hago ruido. Si simulo que soy amable y si respondo con delicadeza, hago ruido. Si amo, hago ruido aunque lo haga en silencio. Si camino, si aborrezco, si todo: Hago ruido.
Y esto apenas comienza.
(Si cierro los ojos son los ojos de papá lo que abro.
Si digo una palabra son palabras de papá, las que digo.
Si corro al mostrador de esta aerolínea chafa es papá el que vuela.
Si pido café es papá quien lo pide.
Si leo un párrafo es papá quien me recita.
Si siento dolor es papá quien lo siente.
Si me tapo los oídos es papá quien me grita).
***
Simone, Niño y yo optamos anoche por el silencio. Les hice hígado con sal de ajo y yo metí al horno unas empanadas con queso de cabra y verduras y nos tiramos a la cama en paz. Noche de paz: ahora se qué significa.
Nos dormimos tarde escuchándonos en silencio; la pasamos muy bien. Una buena Navidad.
Ahora estoy en el aeropuerto y, otra vez, el ruido. El frío me cobija pero no soporto tanto ruido. Hay poca gente aquí y aún esa poca gente hace ruido.
No quiero pensar, no quiero escribir: todo hace ruido. No me quiero mover, no quiero viajar, no quiero ver a nadie o extender la mano.
Creo que es el mundo (o mi mundo) el que, mientras se desploma, hace ruido.
(Si me duele un pulmón es a papá a quien le duele.
Si me siento cansado es papá quien se cansa.
Si no me despierto es papá quien se duerme.
Si juego al trompo, si me como un gusano, si dejo el chupón, si quiebro un vidrio, si junto alacranes en un frasco, si nos mudamos a otro barrio del mismo Juárez jodido; si entro a sexto año, si salgo de tercero, si tengo novia, si publico mi primera historia con mi nombre en ella: todo es papá, es papá, es papá, es papá.
Si camino sobre hielo que se rompe, es la fuerza de papá la que me tumba, o la que me lleva).

–Navidad 2013

Recuerdo que a los 10 años me llevaron al peluquero

Recuerdo que a los 10 años me llevaron al peluquero y yo era tan chaparro que sobre el asiento puso un cajón de plástico, de los que se usaban para nueve frascos de leche, y allí me sentó. Se llamaba Cuco Valtierra y su peluquería estaba sobre la calle de Niños Héroes, en la Colonia Melchor Ocampo, en Ciudad Juárez.
Recuerdo que en la tele pasaban la llegada del Papa a México. Tele en blanco y negro, ovalada. Juan Pablo Segundo me llamaba mucho la atención, pero Don Cuco no explicaba quién era ese personaje de blanco y tan raro, sino que hablaba mal de “esos gachupines” y del Presidente, José López Portillo. Recuerdo que yo tenía miedo a que, en un arranque de ira, me volara las orejas.
Recuerdo que no existían los cholos. Había Pachucos de la Termo, Harppies XXIII, Harppies XXX y Pachucos de la Chaveña. El barrio era bravo y le decíamos “la Malechor Ocampo”. De cuando en cuando se agarraban con palos, piedras y cadenas enfrente de nuestra casa, en las vecindades.
Recuerdo la tienda de don Saúl y la panadería, cerca de la Escuela Primaria Luis Cabrera. Recuerdo el sabor de las tostadas con chile, mucho: chile en polvo, limón y una salsa verde cuyo sabor no se me ha borrado hasta hoy. Era una salsa hecha con jalapeños hervidos con ajo. Ahora lo sé porque un día, por chiripada, descubrí el sabor. Desde entonces y hasta hoy no me atrevido a volverla a preparar –aunque conozco su secreto– porque prefiero el recuerdo íntegro.
Recuerdo a mis hermanas corriendo por la casa y a mi hermano hablando de una niña de la misma calle. Recuerdo un tiralilas hecho con un globo y el pico de una botella de plástico, y a mi mamá diciéndome que me iba a sacar un ojo.
Recuerdo una nave espacial de latón, un caballo de palo y mi primer sueño: ser el Llanero Solitario.

Dicen que nevará

Dicen que nevará. Y sí, puede ser, porque cae un frío dulzón como el de los momentos previos a una nevada (frío-frío pero no tan frío) y las nubes, bombones rojos (en eso arriba que llamamos “cielo”), hacen esfuerzos por tapar la luz de la Luna.
Esta madrugada hay Luna y estrellas y son un techo arriba de los techos de Juárez y El Paso.
En la tarde, ¡qué tarde!, el sol se dio tiempo para dar el mejor de sus espectáculos. Vi sus rayos cruzar mansiones de algodón, abrir caminos de oro entre una nube y otra. Caminos de luz –anaranjados, azules, rosas, amarillos– entre los algodones blancos.
Mi hermano me llevó de niño a la acequia y después de la acequia estaban los algodonales. Esos campos eran como un espejo gigante que reflejaba el cielo (eso arriba que llamamos “cielo”): algodón gigante en el techo del mundo, y abajo, reflejado, algodón pequeño.
También recuerdo esos mismos campos en invierno, después de la cosecha, tan grises y tristes, secos; tan amargos y despojados.
Seremos, algún día, algodonales después de la cosecha.
Dicen que nevará y mejor así, para que la nieve cubra mis campos grises y tristes de invierno, tan amargos y despojados después de la cosecha.

Los segundos roncan

Los segundos roncan discretos en la sala de espera. Las horas caminan lentas en sus holgadas batas azul-blanco. Pero un comando de microbios tomó de rehén al cardiólogo y demanda liberar a los viejos que duermen anestesiados en sus celdas de dos por cuatro.
Las teles dialogan entre sí. Los elevadores dan tropiezos camino abajo.
Las consolas deberían tomar café, o no soportarán su propio paso.
(Los hospitales alimentan las calderas con el aliento de los muchos que van llegando).

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Paracaidas que no abre

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