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Alejandro Páez Varela

EN DEFENSA DE LA POLÍTICA

Junio28

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
–A don Aurelio, mi padre

No, me corrige una amiga, “no es un país de tragedias: es uno con mucha suerte”. Se refiere a que si se soltaran los alfileres que sostienen los asuntos nacionales, eso sí sería una tragedia. De cuando en cuando, sin embargo, alguno de éstos es vencido por las leyes de gravedad y se estrella contra el piso.
Y zas, recuerda nuestra vulnerabilidad. Zas, un incendio: 48 niños mueren porque se simularon puertas de emergencia y no estaban bien colocados los detectores de humo; los dueños son “influyentes”. Zas: se revela una cadena de complicidades oficiales como las que hacen funcionar las cosas en México. Zas: se abre la oportunidad para la justicia, y zas: otra vez la impunidad. Lo mismo de siempre queda al descubierto. Los nombres de hijos, hermanos, primos, parientes de políticos salen a relucir. La tragedia se vuelve un mesquino regateo entre poderosos. Los medios nos volvemos escenario de sus litigios inmorales. Y al final pagarán los de menor culpa, los que forman lo delgado de la cuerda.
Muchas voces y la experiencia internacional alertaron a Felipe Calderón que concentrar el combate a las drogas en el uso de las armas tendría consecuencias funestas. Zas, un río de sangre baña nuestras ciudades y nuestros pueblos. Y si esta carnicería no fuera inútil; si tantos muertos no fueran una negligencia, posiblemente podríamos aceptarla. Sí, sí, sí, debemos combatir las drogas. Pero esta guerra no se ganará con la actual estrategia. Lo sabemos todos, y no se detendrá porque el presidente nunca se equivoca. Seguimos pensando que es Dios, y (Madeleine Albright dixit) Dios nunca tiene un plan b. Allá vamos, pues, a ahondar la tragedia.
Las guerras de lodo ganan elecciones, como lo vimos en 2006. También destruyen a la sociedad, la dividen, como atestiguamos estos años. Desgastan a los partidos, ponen en entredicho las bondades del juego limpio de una democracia y exponen la parte podrida de la política. Pero si ya generó votos, no la vamos a detener: con las armas de la guerra de lodo salió un rabioso Germán Martínez a buscar votos este 2009… sin pensar en el costo. Ya hay resultados. Qué país más dividido y dubitativo. Qué país más desanimado. Es una tragedia.
Las promesas incumplidas volvieron pragmática a una parte de la sociedad civil en 1999 y 2000. Mis amigos más inteligentes y racionales se volcaron al “voto útil”. Nunca más inútil: llegó Vicente Fox al poder y con él arribaron (como ahora con Calderón) lo peor de la política. Si las cabezas de los poderes fácticos –sindicatos, televisoras, archimillonarios– eran “soldados del PRI”, en estos años se volvieron generales y codirigen el Estado. Desde el gobierno, sin embargo, no se va a promover su remoción porque sirven. Mantendrán las canonjías a pesar del retrazo en el que nos sumen, por encima de 40 millones de miserables que siguen esperando promesas de campaña. Los dejaremos, a pesar de son parte importante de nuestra tragedia. Pero, ah, ¡qué antipatriotas! ¡Qué sátrapas los que hemos decidido no votar o anular el sufragio para demandar candidaturas ciudadanas, referéndums, un alto a la partidocracia, que se cumplan las promesas y que si no pueden, se vayan!
“Queremos mejores representantes, que haya mejores ciudadanos postulándose como representantes; queremos mejores partidos… hagamos esos partidos; participemos en los partidos y si no convencen éstos, hagamos otros”, dijo el presidente la semana pasada. No creo que la respuesta/propuesta sea viable y sí la veo como un refrendo de la partidocracia, una confirmación de que los ciudadanos estamos solos: ahora resulta que sin partidos políticos no somos nadie. Eso de “hagamos otros [partidos]” es una realidad, sí, para Elba Esther Gordillo y los otros vividores del sistema de partidos. ¿A quién engañamos?
No es que uno vea siempre los negritos del arroz. Más bien hay una actitud de bombero en las Torres Gemelas de Nueva York, un 11 de septiembre de 2001 a las 9 de la mañana; sabes que se van a derrumbar y hay que gritarlo. Uno será, al final, otra de las víctimas.
“No es un país de tragedias: es uno con mucha suerte”, dice mi amiga. Mmmh. En todo caso es un país de una sola tragedia: los políticos.

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UNA MALA BROMA DE DIOS

Junio21

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL

–Amor y solidaridad, desierto sufrido

Ciudad Juárez, ayer. A dos cuadras de la casa en que crecí, un soldado dirige el tráfico. Vamos por una cerveza y pasan dos patrullas que nos siguen con la punta de las ametralladoras. Así fue en el aeropuerto, cuando llegué: desconocidos que apuntan a desconocidos y todos, se supone, somos mexicanos. Ayer hubo 24 muertos, pocos más que antier. Desde hace semanas es lo mismo, aunque meses antes, allá cuando lanzaron el Operativo Conjunto Chihuahua, bajaron las ejecuciones. Me dice un amigo periodista que hay 12 mil o 6 mil o 40 mil efectivos militares en la ciudad, “pero como si hubiera tres, dos, o cien mil. Da lo mismo. Volvieron los ejecutados, las extorsiones, los secuestros. Se han multiplicado las violaciones de mujeres en la ciudad; también las desapariciones. Otra vez están cerrando los negocios. Matan a catedráticos, a luchadores sociales. Amedrentan a periodistas.”
Quien conozca Juárez, cualquiera que haya vivido aunque sea un fin de semana en esta frontera, podrá darse cuenta de primera mano (y ojalá el resto del país nunca se entere en carne propia) del fracaso de la guerra contra las drogas. Por más que quiera venderse como “valiente”, cada día queda más claro que es negligente. Que una madrugada lleguen a tu casa cien militares encapuchados, de negro, sin orden de aprehensión, sin conocimiento de un juez, y te levanten de tu cama, obliguen a tus hijos y a tus padres a levantar las manos y a tirase al piso y te batan los cuartos… Que te suceda a ti, y a tus vecinos, y a los otros, y a aquellos, todos los días… Que vivas en tu propia ciudad como si estuviera ocupada por soldados extranjeros… ¿Quién se merece esto? ¿Cómo llegamos a esto?
Yo no creo que el Ejército mexicano esté haciendo un mal papel. Está haciendo el rol que le encargaron, y punto. La estrategia del presidente Felipe Calderón contra las drogas era eso: militarizar al país. Qué lástima que nadie pudo decidir otra cosa; qué lástima que no se buscaron otras opciones, más allá de las armas. ¿A quién le preguntaron cómo llevar esta guerra, además de los estrategas de imagen y electorales? ¿Por qué el resto de los mexicanos no participamos en la decisión, si a quien menos iba a afectar es a quienes la tomaron?
Ciudad Juárez, ayer. El tema: los derechos humanos. Todos tienen una historia de violaciones qué contar. Todos se han comprado una Constitución, o la han despolvado. Algunos están documentando lo que sucede, y no es porque mis amigos periodistas se hayan unido a organizaciones civiles, sino porque la información está brotando a pasto y no hay manera de desahogarla públicamente. Entonces la guardan para mejores tiempos, para cuando llegue la inevitable hora de hacer un balance de lo sucedido aquí. Imposible que no se haga. Este balance lo hacemos los mexicanos o lo harán organismos internacionales. Pero se hará. Una guerra se libra aquí y está siendo observada. La historia la juzgará.
“Cada quien tiene su archivo de casos, de temas”, me dice una amiga. “Pero por supuesto que no los tenemos en casa. A la mía ya entraron los soldados dos veces.”
En medio del desierto, los quelites buscan lanzar una flor. La gente trata de rehacer su vida. Pero con la contracción de 18% en las manufacturas durante el II Trimestre de 2009, en una ciudad-maquiladora, el sexenio del desempleo parece ya una burla, una mala broma de Dios.
Los que pueden, se “brincan el charco” una noche de fin de semana y cenan en El Paso, Texas. La ciudad hermana se ha portado solidaria con los juarenses. El crimen organizado no brinca hacia allá, pero su mano es larga. Cuando quisieron extorsionar al dueño de una agencia de autos, se llevó el negocio a El Paso. Un día le pagaron un auto en efectivo y le pidieron que lo llevara a Ciudad Juárez. Lo llevó. Lo ejecutaron. Pagaron un auto para ejecutarlo. Así se las gastan. Querían “darle una lección” a los otros: de los criminales nadie escapa. Con soldados o sin soldados en la calle. Y están en lo cierto.
En una pared de la Secundaria Federal Número 1 había una imagen que no se me olvida, aunque el tiempo la borró. Eran las manos de José Clemente Orozco conteniendo, frenando. Y dos ojos severos que lanzaban la consigna: “Violencia genera violencia”. Da miedo tanta verdad.

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ESTE VIERNES, EN CIUDAD JUÁREZ

Junio15

Amigas, amigos:
Este viernes estaré en la Cafebrería, en Ciudad Juárez.
Estarán José Pérez-Espino y Miguel Ángel Chávez Díaz de León con un servidor. Dizque vamos a presentar “Paracaídas que no abre”, libro de muy temprano el 2008 que ya hasta se agotó en librerías. Pero será un buen ejercicio para hablar de periodismo, literatura y otros libertinajes. Ojalá puedan asistir. Es a las 7 de la tarde. Después me tiraré en un paracaídas. Es literal. Que no se abra, por favor.
Abrazo,
AP
——
El Pepe me manda esta invitación que están corriendo allá en mi tierra. Se las comparto. Seleccionaron una foto con Laura de Ita, la autora de la música. Está chida.

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EL HOMBRE QUE ERA Y SOY

Junio14

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
Tengo presentes los rostros de los amigos, los vecinos, los conocidos, mis padres: caravana de preocupados, desencajados, que no se atrevían a ver lejos porque allá estaba lo peor. (Tenían razón). Hablo de 1995, 1996. Afortunadamente era joven, o más joven que esos a los que me refiero. Y dos pilares hacen fuertes a los que creen que tienen todo por delante –ambas derivadas de la juventud–: la esperanza, y la redención que, se cree, está contenida en la idea de revelarse un día de estos. En medio de aquél golpazo me imaginaba el nacimiento de una nueva clase de mexicanos. Eso me daba aliento. La crisis de 1982 estaba lejos y desdibujada. Pensaba, también, con borrones.
Reflexiono lo anterior mientras mido los efectos de la crisis económica que azota al país. Los analistas calculan que este segundo trimestre la caída del PIB rondará el 10 por ciento. Carajo. A veces me arrepiento de ese otro que fui, y quisiera desconocerlo. Tan pasivo, tan ilusionado. Hace 12, 15 años pensaba que el cambio había empezado y era imparable. Soñaba con darle vuelta a la página y gritar un México nuevo, uno que no estuviera secuestrado por unos cuantos. Qué iluso. Ya ven: estamos otra vez en la vorágine. Mis abuelos vivieron en crisis, mis padres vivieron en crisis, mis hermanos mayores no se diga. Y yo. Como usted. Una y otra vez, la crisis. Ni un solo respiro: generaciones completitas al tobogán.
¿Qué vamos a hacer? ¿Cuáles opciones tenemos? Haga a un lado estas elecciones. Salga y vote si quiere, y si no quiere, quédese en casa. Pero, ¿qué vamos a hacer?
La pregunta no es un tiro al infinito. No me refiero, y entiéndaseme por favor, a un abstracto. Escribo de casos y eventos concretos. ¿Qué hacemos con Elba Esther Gordillo, con Diego Fernández de Cevallos, con Carlos Salinas de Gortari y con todo lo que éstos y otros personajes representan? ¿Cómo desterramos a los vetustos que manejan los sindicatos? ¿De qué manera abrimos los partidos a la razón? ¿Cómo renovamos a la clase política, si los nuevos y los viejos ya son lo mismo? Partido Verde mis polainas. PAN, PRI, PRD, PT, el Panal de los muchos zánganos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo retomamos la idea de una Nación menos egoísta que vea hacia los pobres, que rompa con los monopolios y las inercias que siguen instaladas en las altas esferas (que ya ni disimulan que lo tiene todo)?
Mi padre votó por el PRI. Mis tíos, por la izquierda. Mi madre tuvo claro que votar era un acto en solitario y recomendó (sólo eso) que, excluidos por pertenecer a una religión minoritaria, no lo hiciéramos por el PAN. Yo he votado sin falta desde que tengo 18 años. Hicimos muchas veces lo que nos llamó el deber. ¿Qué vamos a hacer ahora, amigos?
Durante la semana pasada, leí que varios advirtieron a quienes han decidido no votar o anular su sufragio que “deberán abstenerse de opinar, criticar, señalar o auditar a los gobiernos que salgan de esa elección”. Caray, qué manera de confirmar sus aspiraciones dictatoriales. El mundo que plantean es justamente el que me separa de ellos como ciudadano: Que debo aportar dinero, vía impuestos, a sus ejercicios de partidocracia; que debo comerme enterita su torta hedionda, en la que no caben candidatos de la sociedad civil; que no debo auditarlos, dicen, ni aspirar a medir sus aciertos o desaciertos. Pues malas noticias: votemos o no, lo vamos a seguir haciendo. No hay mexicanos de segunda.
Que si no votamos, no podemos opinar, criticar, señalar o auditar a los gobiernos que salgan del 5 de julio. Ajá. Ese es un sello de la mezquindad: los que no son parte de la partidocracia cada tres años, que se vayan. Ese es un principio del fascismo. Pues no tenemos otro país, ¿qué tal si comparten el que tienen secuestrado?
Otra vez en crisis económica. ¿Qué no se suponía que eran cosa del pasado? Que si ésta nos llegó de afuera. Sí, cómo no. Nos hundimos más que ningún país de la región, y no hay manera de maquillarlo.
Tengo frente a mí los rostros de los amigos, los vecinos, los conocidos, mis padres: caravana de preocupados, desencajados, que no se atreven a ver muy lejos porque allá está peor. No hablo de 1995, 1996. Hablo de 2009, de usted, de mí.
¿Qué vamos a hacer, amigos? No quiero avergonzarme mañana del hombre que soy mientras escribo estas líneas.

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USTED NO TIENE LA RAZÓN

Junio7

Los políticos tienen la razón. Los defensores a ultranza del sistema de partidos tienen toda la razón. Los ciudadanos estamos equivocados.
Los partidos pueden recurrir a la mentira para generarse votos. Pueden envilecer la política con guerras de lodo. Se han ganado con su eficiencia cada centavo que se gastan (en un país con 40 millones de pobres y en plena crisis) en balbucear su arrogancia y precariedad en la tele, la radio, las calles o los impresos.
El PAN, el PRI y el PRD tienen la razón. Los partidos enanos tienen la razón. El Partido Verde es verde, por supuesto. Acción Nacional es responsable, el Revolucionario Institucional es una garantía porque sabe gobernar, y con el de la Revolución Democrática sí gana la gente. Nadie lo dude. Los mentirosos, irresponsables, inútiles, incumplidos y corruptos somos los ciudadanos, y nadie más.
Los partidos y los gobiernos que de ellos emanan no son responsables por el desánimo nacional: somos los ciudadanos. Los que ofrecimos en 2006 empleo, seguridad para nuestras familias, el fin del secuestro y del narcomenudeo, un gobierno para todos y soluciones para la pobreza, fuimos los ciudadanos. El hartazgo por las promesas incumplidas es culpa de los ciudadanos. La mera verdad, los ciudadanos no pensamos ni tenemos criterio para juzgar a los partidos; tampoco estamos para anular votos y mucho menos para la abstención: estamos para cruzar las boletas y ya. (Si no, cof-cof, ¿cómo se justifican los miles de millones de pesos que se gastan los políticos en las elecciones?)
La crisis económica que nos azota, peor que a cualquier otro país de Latinoamérica, es culpa de los ciudadanos. Los miles de muertos que genera la estrategia fallida contra el narcotráfico, es culpa de los ciudadanos. Los ciudadanos encumbramos a Elba Esther Gordillo y la mantenemos en el poder no sólo en el sindicato de maestros, sino en varias instancias de los poderes federales; nosotros le dimos un partido político también. Por nuestra culpa, un líder sindical corrupto como Valdemar Gutiérrez será diputado federal. Los ciudadanos votamos leyes que legalizan cateos domiciliarios expeditos, intervención de comunicaciones, acusaciones anónimas, desaparición de autoridades y supresión de garantías individuales. Nosotros llenamos las calles de soldados.
Los ciudadanos somos responsables por las dudas que existen sobre la imparcialidad de muchos de los consejeros electorales. Tenemos la culpa de que las decisiones del Trife estén bajo sospecha, y del manejo dudoso del padrón electoral. Nosotros inventamos a Hildebrando, a la Lotería Nacional, al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, a Fidel Herrera, a René Bejarano, a Dolores Padierna. Nosotros corrompimos Morelos, Michoacán y Sinaloa. Nosotros inyectados dinero del narcotráfico a las campañas, y dudas sobre la legitimidad de la elección inmediata anterior, la de 2006. Nosotros utilizamos la guerra contra al narco para atraernos votos y mantenemos con vida las máquinas de acarreados, como el SNTE, el sindicato del Seguro Social o el de Electricistas. Nosotros usamos los recursos de los mexicanos para alimentar las cuentas de líderes sindicales de asco y nos chupamos Pemex. Nosotros entregamos la presidencia del país a Martha Sahagún, y nos opusimos a que se enjuiciara a su esposo, Vicente Fox.
Va otra vez: Los políticos tienen la razón. Los defensores a ultranza del sistema partidista tienen toda la razón. Los ciudadanos estamos equivocados. Así que, ¡todos a votar!, que se requieren sus sufragios para que los partidos mantengan secuestrado a este hermoso país.
(Aviso: Este artículo puede ser leído de atrás para adelante y no evocará a Satanás. Puede imprimirse y sacudirse, y no se le caerán los mensajes ocultos. No es parte de la estrategia del crimen organizado ni pretende descarrilar nada, ni a nadie.)

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POR QUÉ NO VOY A VOTAR

Mayo31

Por primera vez desde que tengo el derecho, no voy a votar. Como la última herramienta de los intolerantes es “lo políticamente incorrecto”, aclaro que no es por anarquista. Le enumero tres argumentos que se dieron en ese estricto orden cronológico: porque perdí mi credencial; porque no pude ir por la reposición y, finalmente, porque me di cuenta que la suma de los dos porqués anteriores me dejaba satisfecho.
No es que no quiera hacer el periplo de la cola y la espera; me gusta salir a votar. Me recuerda los domingos familiares. Me parece uno de esos pocos días en los que los ciudadanos nos vemos a los ojos sin querer mordernos. Pero esta vez no voy a votar. Tampoco invito a que me sigan. Simplemente no, porque no tengo por quién y esa debería ser una opción válida en esta y en cualquier democracia, aunque suene ridículo para los defensores a ultranza de nuestro sistema electoral. Usted va al súper con la idea de encontrar tomates, y si no hay, ¿en su lugar se lleva cebollas, focos o fresas congeladas? No. Se lo repito: no es por anarquista o por talibán, por revolucionario, terrorista o degenerado. Es porque perdí mi credencial y el subconsciente decidió no sacarla. Mi consciente lo validó poco después.
Estas elecciones me dan mucha flojera. Ganará el que lance más lodo, como en 2006. O el que logre el trato más jugoso con las televisoras. O el que mejor cuide los intereses de los cinco o seis superpoderosos. Saldrá vencedor el partido que tenga la lengua más larga o contrate al mejor publicista.
Me dan flojera, y desde ahora anuncio que las presidenciales también, aunque estaré atento para ver su retomo mi deber ciudadano. Pero por las vísperas, caray…
No veo candidato en el PAN. Santiago Creel aparece todavía en encuestas. Ja. No, gracias. En el gabinete de Felipe Calderón la caballada está asombrosamente flaca, y es prematuro pensar en alguien como Fernando Gómez Mont por muchas razones: su remota postulación significaría que el presidente (al que sólo le gustan los incondicionales) estaría dispuesto a entregar la candidatura a un proyecto diferente al suyo. Independientemente de las ideologías, no acepto, no tolero que el PAN haya convertido a cada soldado en un pendón de su campaña. Me parece un abuso. La guerra contra el narco se paga con sangre de mexicanos, y el PAN la usa para generarse votos. Qué poco ético.
Veo muchos suspirantes en el PRI. El gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, parece natural. Termina su mandato en 2011 y hay tiempo para que se le alboroten las aguas. Está Manlio Fabio Beltrones. Hay gobernadores. Y está la misma Beatriz Paredes, cómo no. Pero sobre todo están las encuestas: todo indica que el brinco del PRI es real, que los mexicanos se confirman desmemoriados y que muchos voltearán en esta elección al partido que empobreció a sus padres y a sus abuelos, y ahora, ¿por qué no?, le darán la oportunidad para que los empobrezca a ellos también.
Y está ese mole de olla conocido como PRD, que si lo sueltas en tu mano se te escapa y te deja sólo dos ejotes, un garbanzo, una calabacita y un pellejo de res. Está ese movimiento inconexo, inestable, capaz de revivir a un René Bejarano aunque todos lo vimos por televisión cebarse con los fajos de billetes. Está el PRD, única “opción” para quien tienda a las izquierdas, tristemente. Y bueno, están los dos naturales: Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard.
Alguien dirá que mi actitud es políticamente incorrecta; me parecen más incorrectos los políticos que la libertad de un ciudadano a decidir. Me argumentarán que estoy dejando “que otros decidan por mí”; les recuerdo que los mexicanos dizque decidimos, y después no hay manera de influir en nada: si el presidente o los diputados o los gobernadores o los alcaldes nos llevan hacia el precipicio, ¿cómo se les detiene? No hay mecanismos. Pueden señalarme como manzana podrida, culebra ponzoñosa, calamar gigante e inútil inigualable. Y tendrán razón. Mi única nobleza está en que, conociendo mi condición, tengo la suficiente vergüenza como para no postularme a cargo público alguno.

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Esta suma debería ser igual a cero

Mayo24

PUBLICADO EN DÍA SIETE
Otra vez aquí, esperando. Camino de la computadora a la tienda y me revuelco en el sillón en el que leo. Acaricio a los perros y los saco a pasear si me miran a los ojos. La sandía en el vaso de agua fresca me sonríe y dejo que me seduzca. En el departamento de arriba tienen fiesta desde que inició la epidemia de influenza. Me fumo un cigarro.
Ya le di dos vueltas a los periódicos. Ya vi que en la tele anunciaron tres refritos, cuatro churros y el noticiero, que es como todo lo anterior pero más decepcionante. El libro que abrí es el mismo de ayer, páginas antes. Apagué el celular pero no pude resistir: volví a encenderlo.
No creo que llamen, que me lancen piedritas en el vidrio o que me visiten sin avisar. Pero lo espero. La lata de la Coca de dieta que me tomé ayer me observa desde hace rato dar vueltas en la silla, y sin hacer un gesto se lamenta más que yo por esta penumbra. Escribo una palabra y me pongo alegre porque tengo con quien platicar. Las palabras tienen forma de mujer, no importa si empiezan con te, con eme, con zeta o con erre. Imprimo esa palabra al centro de una página en blanco para escuchar un ruido diferente al mío, que mis dos cachorros saben cuándo estar callados. Me alegro también porque un cerillo nuevo se enciende con la punta roja de mi cigarro. Deposito cerillos en el cenicero como sin darme cuenta para que suceda. Y sucede. Y lo aprecio.
El amor tendría que sumar menos de dos. El amor debería ser cualquier cosa, menos la espera. El amor es todo lo que hace daño.
Escojo fruta y se pudre mientras pienso en ti. Tengo en el refri sólo pan, salchichas y mostaza porque pienso en ti. Voy a mi oficina porque pienso en ti y si ya no quiero estar allí, también. Porque te pienso me despierto en la mañana y me visto; me arreglo la barba y respiro; tomo un taxi o mi auto y observo por la ventana porque estarás por allí si estos lentes de fondo de botella no me fallan. Esperas el metro; eres la chica que toma el teléfono público y la que me hará sonar el celular. Llegas en cada correo electrónico, eres el único spam que aprecio y la primera foto que se carga en internet.
Vuelvo a casa porque pienso en ti. Pido una pizza y quiebro unas nueces porque pienso en ti. Pongo palomitas en el microondas porque tu nombre suena en la matraca de maíces reventando. Cierro la puerta despacio para no despertarte porque habrás llegado cuando no estoy. Pero no. No llegaste. Miento: tampoco lo espero.
Entonces pienso en ti y agarro fuerzas otra vez para volver al sillón en el que leo, a la computadora, a la tienda, a la tele que es boba, al mismo libro de ayer, a los periódicos, a mi vida que es una rutina porque le da método a la espera.
La suma del amor debería ser igual a cero, pero no lo es.
No me llames. No vengas. No pienses, como lo hago yo. No vivas, no respires, no me invoques. No sientas, no sufras, no rías. Quédate quieta: deja que se nos haga tarde este día (como ayer y antier y los días previos). Deja que pase una semana, dos. Y luego los meses. Que se vayan los años.
La suma de los recuerdos debería ser igual al olvido. Pero no.

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REBASADOS POR LA IZQUIERDA

Mayo24

PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
Haiga sido como haiga sido, Brasil rebasó a México por la izquierda. La ola amarilla asumió el liderazgo de Latinoamérica en muy pocos años; demostró que es posible conciliar los intereses del liberalismo económico con una visión social; mantiene una lejanía suficiente con Cuba y con Estados Unidos, pero los retiene de su lado. Diversificó el comercio y lo fortaleció, mientras se vuelve una potencia en energía y en desarrollo científico, y un punto de referencia en el debate sobre la nueva arquitectura financiera y social del planeta.
El artífice de este fenómeno se llama Luiz Inácio Lula da Silva, un niño bolero que no tuvo título profesional pero se ganó el de presidente; un sindicalista que devolvió las manifestaciones a las calles después de la dictadura, y las contuvo para concentrar esas fuerzas en el desarrollo. Es el Lula al que Barack Obama llama “amigo” mientras se retrata junto a Hugo Chávez, Fidel, Raúl Castro o Evo Morales. No es gratuito que este personaje, considerado uno de los líderes globales por la revista Time, sea el rostro de la región. En medio de una crisis, sin muchas pretensiones, construye un nuevo Brasil en contra de lo que apostaron infinidad de analistas por el sólo hecho de ser de izquierda, progresista y fundador de un Partido del Trabajo. Para dar una lección de inteligencia sin radicalismos, no tuvo empacho en entregar el banco central a un liberal ortodoxo, a la vez que colocaba, a cargo de la hacienda pública, a un individuo con compromiso social.
Lula ganó las elecciones presidenciales de Brasil en 2002 y asumió el poder en 2003. Este año, el país creció 1.15 por ciento y para 2004 el PIB llegó a 5.71. En 2005 se ajustó a 3.16 por ciento, y en los siguientes tres años aceleró el paso: 3.97 en 2006; 5.67 en 2007 y 5.08 por ciento en 2008, año en el que inicia la crisis global. De acuerdo con datos del FMI, esa economía tendrá un desempeño negativo de -1.30 por ciento en 2009.
Vicente Fox Quesada asumió en 2000 las riendas de un México en plena marcha: ese año creció 6.60 por ciento. En el 2001, el PIB se hundió a 0.16 y en los siguientes años apenas avanzó: el 2002 cerró con un magro 0.83 por ciento; el 2003 fue de 1.68, y en el 2004 rebotó a 4.00. Los dos años posteriores fueron sus mejores: en 2005 avanzó 3.21, mientras que en 2006 logró un 5.13, y así recibió Felipe Calderón la economía. En 2008, sin embargo, el país avanzó apenas un 1.35 por ciento, y según el FMI caerá a -3.67 en 2009, aunque la mayoría de los analistas e incluso el gobierno ya estiman un PIB de país en bancarrota: de entre -5.5 y -6.5 por ciento.
Ambos países deberán recurrir a la deuda pública para estabilizar sus finanzas este año. Pero México tendrá un déficit de cuenta corriente mucho mayor que el de Brasil; algunos estiman que será de -2.52 por ciento, y otros dicen que podría llegar a -4.0. El de Brasil apenas llegaría al -2.0 por ciento en 2009. En este mismo año, la balanza comercial mexicana será deficitaria por 20 mil millones de dólares, calcula el FMI, mientras que la brasileña será superavitaria por unos 13 mil millones de dólares, de acuerdo con la misma fuente.
Brasil terminó, en 2009, su dependencia comercial con Estados Unidos. Su socio comercial más importante ahora es China, país que le está entregando préstamos multimillonarios para la industria petrolera. Petrobras podría convertirse en una de las cinco petroleras más fuertes del mundo en tiempo récord, mientras nuestro Pemex se hunde.
Frente a los retos de México en estos últimos meses, seguramente muchos países fracasarían, como dijo el presidente Felipe Calderón. Parece que no es el caso de Brasil, como estamos viendo. Podemos compararnos con cualquier nación para sentir que lo hacemos muy bien. Pero Brasil sería una medida justa: hemos recorrido juntos un mismo rumbo al progreso, en situaciones sociales, políticas y culturales similares.
Podemos decir que el problema de México es “su mala suerte”, pero confiaremos demasiado en los astros. Cada quién puede creer lo que quiera; yo digo que la raíz de todos nuestros males está en los políticos mexicanos.

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