29
Oct

James T. Kirk, el coronel Kurtz, el Señor Scorpio y… Juan Villoro. Un ensayo sobre “Arrecife” *

El 20 de julio de 1969, durante su viaje a la Luna, Neil Armstrong ensayó la frase que acompañaría su pie en el momento de alcanzar la superficie del hermoso satélite de la Tierra.

Estaba consciente de la importancia del evento, por supuesto, y de la resonancia que tendría esa primera oración. Lo que no sabía es que, como no escribió la frase, no se transmitió al planeta azul tal cual él la había pensado y ensayado.

Su frase era: “Es un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad”. O, en inglés: That’s one small step for a man, one giant leap for mankind.

Sin embargo, nadie en la Tierra escuchó lo que él dijo, como lo dijo. La que él construyó, ensayó y no escribió, no hablaba de un pequeño paso para el hombre, sino un pequeño paso para un hombre.

Años después, en 2006, ya con mejor tecnología, un grupo de programadores con ayuda de un curador espacial del Instituto Smithsoniano comprobó que, en efecto, repetimos durante décadas una frase equivocada. Armstrong dijo “un hombre” y no “el hombre”, pero el vocablo “un” apenas duró 35 milisegundos.

“Me propuse decir ‘un’. Pensé que lo había dicho. No pude oírlo cuando escuché la recepción de radio aquí en la Tierra, de modo que me haría feliz si lo pusieran entre paréntesis”, dijo Armstrong en una conferencia tardía.

Y desde entonces, es tradición poner el “un” entre corchetes, antes de la palabra “hombre”.

No sirve de consuelo, pero ese mismo 20 de julio de 1969, a otro le fue peor: A Juan Villoro.

Cuando Armstrong cometía un error histórico, Juan tocaba suelo y se rompía un diente. Y peor aún: se perdía el alunizaje.

Así lo confesó él hace unos 13 años, en su famoso texto de aceptación del Premio Xavier Villaurrutia.

Cuando el hombre llegó a la Luna, yo caí a tierra y me rompí un diente. Esa tarde, los amigos del barrio nos habíamos apiñado en torno a la televisión para ver la epopeya en blanco y negro, pero el alunizaje se pospuso tantas veces que decidimos salir a la calle y dedicarnos a la épica menor del fútbol hasta que, en un rapto de inspiración trágica, ensayé un remate y caí de boca en el asfalto. Mientras yo probaba la gravedad de la Tierra con los dientes, Neil Armstrong saltaba en las arenas sin viento de la Luna.

En la Edad Media y el Renacimiento los padres usaban un cruel recurso memorioso: abofetear a sus hijos para que recordaran cierta escena. El dolor sella la memoria. Gracias a mi aparatosa caída, fui a dar al sillón de un dentista cojo que no usaba anestesia porque su enfermera se desmayaba al ver una jeringa. Mientras me limaban los incisivos, comprendí los poderes de la Luna. Tenía doce años y pertenecía a la primera generación capaz de saber que la Tierra existe para ser fotografiada desde su satélite natural y que el único vestigio humano que se ve desde el espacio exterior es la Muralla China.

Ah, el espacio.

James Tiberius Kirk, el tan carismático como sobreactuado capitán del USS Enterprice nacido, creemos, en el año 2233, perdió la razón varias veces, muy lejos de la Luna. Tanto el capitán Spock como sus otros hombres de confianza –McCoy, Scott, Chekov o  Sulu– se vieron obligados a meterlo en cintura. La nave estaba bajo un mando militar impuesto por la Federación Unida de Planetas; por eso, sin importar que Kirk fuera una leyenda viva de las convenciones de cómics o del espacio exterior, el mismo Spock debió ponerle un par de cachetadas y restringirle el brandy, que es lo que él bebía.

Estos hippies interplanetarios tuvieron compasión por su comandante enloquecido, pero no lo acompañaron en su viaje hacia la demencia, porque el USS Enterprise tenía una misión, y una reputación que cuidar.

Pero no a todos les ha tocado el destino de James T. Kirk, aunque la mayoría de estos líderes especiales siempre se rodean de uno o varios hombres de confianza. La búsqueda de la utopía condujo al coronel Kurtz, de Joseph Conrad, a un abandono colectivo y a la tragedia. Y el Señor Scorpio llevó a Homero Simpson a una ciudad ideal que se vino abajo y que lo habría arrastrado, a no ser por esa suerte que primero hunde a los Flanders que a su familia.

Hank Scorpio

En Arrecife, la novela de Juan Villoro que hoy nos reúne, hay un hombre de cuatro dedos, como Los Simpson, que sirve a un individuo similar a Kirk, Kurtz o el Señor Scorpio.

La nave, que bien podría ser una banda de rock, la selva o una ciudad ideal, es un hotel. Es, en realidad, un hotel en forma de Pirámide maya, construida en un México que es ahora.

El líder de esta aventura no pelea contra klingonianos, contra ejércitos o por dominar el mundo; se ha comprado un proyecto grandilocuente e innovador, y está dispuesto a hundirlo con él.

Brando como Walter Kurtz

Pero cualquier destino que usted pueda anticipar para ese principal protagonista de Arrecife, Mario Müller, estará en un error. Sí es la historia de un navío que se hunde; sí es la historia de una aventura que, si no fuera porque es rentable, sería la del mismo coronel Kurtz en las selvas o la de Scorpio en las montañas. Pero el destino que su autor decidió para su personaje no fue el mismo ni fue tan predecible. Antes los llevará de sorpresa en sorpresa. Antes revelará historias llenas de trampas y cuartos de hotel, cocteles margarita y arpones manchados de sangre.

Y no hablo aún del efecto que se produce cuando una buena historia está en las manos de un individuo bendecido por la literatura, como es Juan Villoro.

***

Me detengo un momento, antes de seguir con Arrecife. Voy a decirles algo muy personal. Como Lawrence Sterne –y otra vez cito a Villoro–, hago de mis desviaciones un asunto central.

Cuando me invitaron a presentar este libro acepté honrado, pero minutos después supe que me había metido en un berenjenal. Pensé: ¿Qué digo? ¿Hablo sobre el libro o sobre el escritor y periodista?

Hay muy pocos escritores mexicanos tan ampliamente revisados por la crítica, obra por obra o en su conjunto, como Juan Villoro. Hay pocos autores mexicanos contemporáneos que puedan brincar, sin despeinarse y sin recetas, de un género a otro. Y hay pocos, de verdad muy pocos, que tienen un lugar ganado desde ya en la literatura hispanoamericana y que están dispuestos a jugarse nuevas aventuras literarias varias veces en un año.

Porque, ¿cuál es el siguiente proyecto de Villoro? ¿Cine, teatro, periodismo? ¿A quién piensa dirigirse ahora: a los jóvenes, a los adultos, a los niños? ¿Cuál es la sorpresa que prepara un hombre que un día genera miles de comentarios en las redes sociales y el otro es considerado como el único merecedor de honores que rendimos en vida a, por ejemplo, Carlos Fuentes?

Antes de su cuarta novela, El Testigo, Villoro ya había sido ampliamente premiado y era traductor, ensayista, guionista, cronista, cuentista, profesor, periodista. Y en todos estos géneros-oficios, como en la literatura infantil o el ensayo, Villoro había levantado polvo.

Cuando queremos abreviarnos la descripción, les llamamos “hombre del Renacimiento”. En realidad no sería una descripción correcta porque en el Renacimiento la ciencia era abarcable y la literatura, por decir, era casi regional a causa de las escasas comunicaciones. La amplia mayoría era analfabeta y debía resignarse, si caía de boca, a perder los dientes de por sí podridos.

Villoro, afirmo, es uno de esos mexicanos que harán posible mantener una tradición intelectual que nos honra y a la que debemos y somos fieles.

En novela, lo dice la crítica, Villoro debía un estirón mayor. No por falta de talento o de intención; él mismo cuenta que en sus inicios se formó con Augusto Monterroso y quizás el subconsciente lo condujo de manera natural al cuento o a otros formatos, como el cine y el teatro, antes de que pusiera bien los pies en terrenos de la novela.

Cito a sus críticos cuando digo que Juan logró, desde El Testigo, acabar con las comillas en “Juan Villoro, la promesa permanente”. Ahora es Juan Villoro a secas. Y yo llego a una quinta novela y siento, sin ser crítico literario, que Juan ha dado un brinco espectacular hacia un nuevo horizonte.

Villoro decidió crear un horizonte nuevo en Arrecife. La Pirámide es un mundo nuevo en el que las castas o las clases sociales están separadas por zonas restringidas y el color de piel no importa, sino los brazaletes.

Hay una élite en Arrecife que ocupa oficinas y penthouses, y el sumo sacerdote es un hombre que ha inventado ilusiones que agonizan porque él, también, va rumbo a la nada. Adentro del hotel La Pirámide, para avivar las emociones, actores la hacen de guerrilleros y se fumigan las alimañas con los tintes de las gelatinas, mientras los turistas que acuden al Caribe para sentirse bajo una amenaza fingida se hincan ante las pequeñas dosis del México kitsch.

Y si no lo notaron, estoy de regreso en la novela. Leo:

–¿Por qué lucha la guerrilla? -preguntó una mujer idéntica a Luis XIV.

–Por lo que luchan todas las guerrillas -sonrió Mario-: por justicia social y por tener héroes que vendan camisetas.

Si en sus novelas anteriores Villoro ha decidido declarar a la Ciudad de México sin las fronteras que plantearon Carlos Fuentes o José Emilio Pacheco, y en El Testigo observa con ojos del extranjero una ciudad que está compuesta de pequeñas ciudades, aquí ha edificado un mundo completamente nuevo que recupera códigos caducos que son, parece, insuperables. Códigos tan viejos como los que los mayas, por ejemplo.

Lo falso y el kitsch son necesarios, dice Villoro en Arrecife, porque los turistas de una nueva era necesitan mundos que colapsen mientras el suyo se mantenga intacto.

“En el futuro sólo viajarán los pobres”, dice uno de sus personajes principales. “Moverse en las ciudades va a ser un trabajo para especialistas, para choferes, mendigos y repartidores de pizzas. Lo mismo va a pasar con los viajes. Los ricos comprarán sensaciones en Internet. Sólo los jodidos irán a los sitios desagradablemente reales. Los aviones del futuro van a tener ratas”.

El pasado es nada en esta novela, y la memoria un borrón en el que caben las fantasías, las verdades a medias y las verdades completas aderezadas a modo. Pero si el pasado tiene pilares sobre el fango, en la nueva novela de Villoro el presente tiene tantas sorpresas que no hace necesario especular sobre el futuro. El desenlace llega.

Villoro ha construido un microcosmos del mundo en que vivimos: la utopía es una gran mentira; el presente es el sueño loco de un Mesías demencial que, como casi todos los Mesías, se hundirá con el barco. Y la esperanza no tiene padres; es bastarda y su supervivencia dependerá de la bondad de los extraños. Como Blanche Dubois. Curiosa analogía. La esperanza, entonces, tampoco tiene un futuro garantizado.

Villoro borra, en Arrecife, los ideales de una democracia. Abre nuestros ojos, a través de una literatura pulcra, a las nuevas realidades. Los pobres esperan a las orillas del mar a que la casualidad de un naufragio les acerque algo de bienestar; los dueños del nuevo mundo tienen código postal en Estados Unidos o en Inglaterra, y están decidiendo si lo quiebran para cobrar un seguro o si lo continúan como un parque temático, o como lo que sea.

El Estado no funciona de tiempo completo en Arrecife: a veces es ministro de culto, y a veces agente del orden publico. La seguridad está en manos de un corporativo extranjero, corrupto y corruptor, y en este país (frase que usa Villoro una y otra vez en Arrecife) el verdadero poder, el que controla el subsuelo y desde allí la superficie, es el del narco.

Pero todo encaja a la perfección mientas la utopía arrastre incautos que a la vez no se hacen tontos. Todo encaja si hay quien pague, si hay emoción y dividendos, y si el carnaval del nuevo mundo tiene suficientes drogas y alcohol para enaceitarse. Todo funciona, como maquina de reloj, siempre y cuando no aparezca un puritano que cree en la verdad y a la vez busca, con egoísmo, su propia salvación. Entonces uno de los engranes falla y todo se va al carajo.

Juan ha creado una novela con la experiencia de un escritor que viene de regreso. Toma una gran foto de las democracias latinoamericanas contemporáneas (su economía, sus gobiernos, sus problemas de inseguridad) y retrata otros microcosmos, en micro relatos distribuidos a lo largo de su obra.

Un soldado se acercó a nosotros. Llevaba una capucha que le ensombrecía el rostro. Aun así, puede ver sus ojos amarilletos.

-Onde va -preguntó como si no tuviera lengua.

En este sitio sólo se podía ir a un lugar, pero tuve que decir que iba a la base. El soldado solicitó mi nombre.

-Antonio Góngora, servidor -le respondí, con amabilidad arcaica.

El soldado sacó un cuaderno arruinado por la humedad. Anotó las placas del vehículo y mi nombre. Pidió que deletreara la palabra “servidor”.

El soldado tiritaba. Debía tener fiebre. En otra parte hubiera sido un enfermo de malaria. En tiempos del esplendor maya hubiera sido un sacrificado. En mi país era un militar.

Sólo en una tierra vencida por la magia un cuaderno húmedo, escrito por un ágrafo, calificaba como instrumento de seguridad.

En este mundo reconstruido por Villoro, a diferencia de sus novelas anteriores, lo nacional son las noticias de una civilización antigua que se desplomó desde la cresta de la pirámide dejando huérfanos a miles que no sabían siquiera leer. Lo nacional, además, da pena ajena: un rock nopaludo que, por más talentoso, se desmorona con un sólo gesto de un Lou Reed que Tony Góngora, el narrador, también hace pedazos:

Su arrogancia no era la del astro inflado por la admiración, sino la del sobreviviente que ha caminado por el lado salvaje de la existencia. Seguía vivo como una noticia incómoda, escupiendo revelo, poesía, mala vibra y navajas oxidadas. Lou Reed era una calaca con lentes ahumados, salida de un altar de muertos. Repartía fichas para el tráfico de las almas y parecía dispuesto a darme una. Lou el Magnífico jugaba en las grandes ligas del más allá. Incapaz de rebajarse a cantar, masticaba las palabras como galletas ultraterrenas. Lou el Discriminatorio me vio como si fuera la próxima basura. Fui tan imbécil que lo consideré un honor.

Ese es Lou Reed visto desde Arrecife. Porque en ese mundo reconstruido por Villoro, las cosas que llegan del naufragio del pasado reciben nuevos nombres y tienen significados que sospechábamos, pero que pocas veces se escriben. Por ejemplo:

La contracultura, esa pomposa manera de convertir la rebeldía en un sistema de quejas más o menos rentable”.

O bien:

Siempre pensé que el yoga era lo que los grupos de rock hacían cuando el éxito los aburría.

Una más:

El movimiento estudiantil [del 68] no había sido popular ni en mi barrio ni en mi escuela. La hipótesis de que mi padre hubiera muerto por esa causa lo asociaba a un misterio delictivo. Sin embargo, con los años, el movimiento ganó prestigio y sus protagonistas fueron vistos como víctimas. A partir de entonces pensé que eso me daba derechos especiales. Cuando sonaba el timbre del departamento, imaginaba a un mensajero del gobierno con una televisión a colores por tener un caído en Tlaltelolco.

Villoro ha demostrado con Arrecife un proyecto literario de gran alcance, que trasciende al mismo Arrecife.

No se si sea su gran novela, porque algunos ya le dieron ese título a El Testigo y el cónclave de nobles apenas se reúne, pero, apenas como periodista, puedo decir que el autor ha llegado a un momento en el que ni siquiera un diente quebrado pueden arrebatarle un lugar en la primera fila.

El Villoro que corre y juega al futbol, incansable, puede tropezar o quebrarse otro diente. No importa.

Lo que ya no pasará, a estas alturas, es que pierda su lugar, en primera fila, junto a los que observan cómo se dan pasos en la superficie de la Luna.

* Ensayo de Alejandro Páez Varela leído el 13 de octubre en la Feria del Libro de Monterrey, durante la presentación de Arrecife, la última novela de Juan Villoro

04
Abr

“EL REINO DE LAS MOSCAS”. Alfaguara 2012. (video)

08
Feb

EN RECUERDO DE OCTAVIO

¿Recordás el día en que recordaste algo por primera vez?

–Charly García, en voz de María Gabriela Epumer, para hacer todavía más dramático el acto de morirse.

Chihuahua, 7 de febrero, 2012.- Hace dos horas, mientras esperaba en la sala de espera del aeropuerto del DF, platicaba con el actor Joaquín Cosío –a quien encontré por casualidad– sobre cómo cuando eres viejo es cada vez más fácil hacerte más viejo. Ya no te vas despacio, como las manzanas: madurando y madurando, lentas. Te vas a toda prisa, como una fresa o como una mora que se desprende del helado y se estrella sobre la banqueta caliente del verano. ¡Paf!, te pudres a gran velocidad. Un año en un viejo se va como una semana en un joven; un mes es apenas un suspiro.
Es febrero de 2012 y yo no supe cuándo se terminó enero del año antepasado, le decía. Así nos despedimos al entrar al avión; cada quién tomó su asiento.
Ahora estoy en Chihuahua. Vine a enterrar a mi muerto. Octavio fue periodista, como yo; fumador y buen bebedor, como yo; juntaba tiliches en su casa, como yo; vivió casi siempre solo, como yo, aunque con pequeñas diferencias: yo tuve perros, él tuvo hijos. Los perros no sacan úlceras ni te ven morir, caduco, vencido, podrido, como fresa o como mora.
La mañana es fría en Chihuahua. No quiero abrir demasiado los ojos porque tanta luz no llega sola: debe estar cargada de recuerdos. Aquí viví. Aquí vi a mi hermanito mayor enamorarse de una chica que me parecía hermosa. Un día le toqué la pierna y a ella le pareció un gesto lindo. Ja, lindo. Yo, de 6 años, conocía el libido en esa pierna de piel de cera o de piedra pulida en un torno.
Aquí, en Chihuahua, vivimos cerca de unos tornos. Usan mucha agua para pulir la piedra, recuerdo. Esa agua, con desechos químicos y polvo fino, forma riachuelos que brillan al sol. Y si te fijas bien, en esos riachuelos hay contornos de ciudades. ¡Ciudades! Y contornos de gente. Allí vi un día a la novia de mi hermano dibujarse.
A la novia de mi hermano la sacaron de un torno pulidor de piedra. Leticia, se llamaba. Sólo recuerdo sus piernas.
Ahora voy rumbo a la funeraria en donde han tendido a Octavio. Me acompaña Andrés, mi primo. Imagino, mientras platicamos, que Octavio está con los ojos hinchados y abierto. Así me abrirán a mi también, y encontrarán lo mismo que a él: moras podridas. Eso encontrarán en mi padre, eso encontrarían en mi abuelo.
Más que el vicio del cigarro, es el vicio de recordar a los muertos lo que me agria.
A Chihuahua vine a enterrar, hace unos años, a Alejandro Irigoyen. Otro periodista; otro tío que fumaba.
En esta misma ciudad, hace dos años murió Héctor. Nadie me avisó y no vine a despedirlo. Nadie me dijo que estaba tan grave y ya no pude decirle que lo amaba. Otro tío, otro fumador, otro periodista. Tres tíos muertos en una misma ciudad, en pocos años.
Ahora entiendo a las familias que duran generaciones en un mismo pueblo: ¡Quién puede atreverse a partir, con tantas lápidas en la espalda!
Una familia vieja y grande también se mide por lápidas en la espalda.

***
Allí estaba Octavio. Guapo, con su saco de cuadritos finos y una corbata amarilla delicada, pasada de moda pero delicada. Dientón desgraciado: se estaba riendo. Muy orondo de sonrisa, barba partida y rosado pizpireto.
Llegó una mujer. Dijeron que fue su última esposa. Llegaron hijos de otros matrimonios porque cinco veces se casó, hasta donde se sabe. A todas las quería. A todos los hijos y a todos sus sobrinos también. Hay hombres, pienso ahora, como él, hechos para poblar el planeta mientras que hay otros, yo entre ellos, que estamos para huir, para no dejarle nada al planeta. Nada. Para qué.
Me dijeron que durante los últimos meses fumó como adolescente que descubre el sexo: tres cajetillas diarias, hágame usted el favor. El canijo tenía enfisema pulmonar. Tres cajetillas. Un cigarro después del otro. No tenía compromiso con la muerte, pues, ni la temía. Porque con la vida, ay, con la vida tenía un contrato firmado de exclusividad que le autorizaba a gastarla toda, y de una manera que puedo contar: muchos viajes, muchos tragos, muchos amigos, muchas mujeres, mucho trabajo, muchas ganas, muchos libros, mucha música y bailongo, y bandas de guerra de finales del siglo XIX, y música clásica de toda, y tacos de sabores y colores, y aperitivos, y digestivos, y tortillas de harina y pescado frito o frijoles con queso o chilaquiles.
Y mucho tequila, y muchísimo sotol, y grupos norteños y mariachis clásicos –con temas serios para cuerdas y pocos metales–, no de esos payasos que ahora se ponen a bailar como micos.
Esa es su leyenda, ese era Octavio. Muchos anduvimos con él hasta que se nos cansaba el caballo.

***
Tías, tíos. A cierta edad, a los funerales ya no asisten los abuelos porque ya no están. Y a cierta edad, en los funerales los abuelos son tus padres. Y a cierta edad, el abuelo eres tú.
Sobrinos, sobrinas, grupitos de hombres sin cabello o con cabello ralo. Octavio tendido, sonriendo. Anécdotas. Llegan los reporteros y escriben en libretas; se van sin saber que en ese ataúd están ellos también. Lo entenderán cuando sea tarde, pienso.
Alguien comenta con tristeza que Octavio no quería vivir y que por eso fumaba demasiado. Yo me muevo a una orilla a ver el féretro para no responder, que es de mala educación contradecir a esa gente que está allí sólo por amor al viejo que ha muerto.
Pero que Octavio seguía fumando porque no quería vivir está muy lejos de la realidad, ¿pues qué no lo conocían? No dejó de fumar porque le daba vergüenza renunciar a la vida que le daba el cigarro. No dejó de beber y de comer a su antojo porque así vivió y no quería renunciar a la vida que le daba amar tanto su vida.
Y para que vieran que estaba dispuesto a seguir viviendo hasta el final, escogió a su peluquera –creo– como mujer y se casó con ella.
Y a otra esposa le escribió un libro de cuentos y lo firmó a su nombre, el de ella, con foto de ella.
Octavio vivió como quiso porque sabía que era eterno. Su carne quizás no, pero sí los hombres como él. Hurguen en cada siglo: allí está Octavio.
Comerse el mundo y vivir bailando es algo de muchos siglos.
Con tres Octavios yo habría invadido Estados Unidos en 1909 y le abría arrebatado a los gringos sus tierras, de El Paso a Nueva York.

***
Busco en Google: algunas notas breves sobre Octavio Páez Chavira en los últimos meses. Gira de despedida: Que donó tres mil discos a la Escuela de Música de Chihuahua, y una colección de revistas y periódicos del primer tramo del Siglo XX a la Universidad.
Le pregunto a un amigo de Octavio cuántos libros escribió. “Unos los firmó con su nombre y allí están. Otros los firmaba con el nombre de las novias o las esposas”. Esa es la respuesta. Le creo porque me consta de uno extraordinario, de cuentos de la Revolución, que firmó con el nombre de una enamorada.
Llego al aeropuerto. Cae la tarde y el cielo de Chihuahua, mi Chihuahua, se vuelve rojo.
Una prima me contó que esta misma mañana, cuando le escogía un saco a Octavio para su presentación en sociedad –su velorio–, le encontró dos piezas de ropa interior femenina en una solapa. Nos reímos a carcajadas frente al féretro y a algunos les pareció que lo irrespetamos. Nos salimos a seguir con nuestra risa.
Llega mi avión. Mientras levanto los 10 libros que me regalaron a mi llegada a la ciudad, siento tristeza por todos los que lo lloran, incluyendo mi padre, Don Aure, quien no pudo viajar de Texas a Chihuahua. Siento tristeza, también, por mi buen tío Octavio, a quien quise, quiero y admiraré siempre.
Veo por la ventana: es Chihuahua, hermosa, con sus cerros y sus nubes.
Ahora me siento orgulloso y feliz porque sé perfectamente que Octavio tomó la decisión que yo habría tomado: mejor unos meses más con su misma vida, que un año asustado, esperando la muerte entre hospitales y dietas sin grasas ni carbohidratos.

24
Ene

Día Siete

¿Por qué, por qué tiene que desaparecer Día Siete?, me preguntó una amiga, muy compungida; una lectora convencida de la revista.

Le respondí: porque tú ya no estás comprando periódicos impresos. Porque yo no compro periódicos impresos.

“Tú y yo –le dije–, estamos encantados con nuestros celulares, con nuestras iPads y las compus de nuestras casas. Estamos felices con Facebook, con Twitter y con la posibilidad de tener al instante New York Times, The Guardian o The Economist como no lo tuvieron nuestros padres”.

Y sí, estamos encantados. Y poco a poco, en México y en el mundo, abandonamos el papel periódico. Ya casi ni se le ve en los mercados. Ya ni siquiera me encuentro periódicos en cucuruchos para el kilo de tomates.

Éste y otros motivos llevaron a que los socios de Día Siete decidieran dejar de circular la revista. Once años de llevar cultura de norte a sur por la República Mexicana. Decenas y decenas de periodistas tuvieron empleo gracias a este proyecto. Decenas y decenas de fotógrafos, escritores, ilustradores, editores independientes nos permitieron llevar a este país una visión fresca del acontecer.

Calculo que imprimimos 150 millones de ejemplares en estos años. ¡150 millones! Casi 1.5 por cada mexicano. Imagínense el impacto que tuvo este esfuerzo. Puf. Brutal. Yo sólo tengo agradecimiento para con los socios que confiaron en nosotros; agradecimiento con Jorge Zepeda Patterson, mi amigo, quien me invitó a diseñar, lanzar y dirigir este proyecto que ahora, después de muchas glorias y sueños alcanzados, dice adiós.

El grupo de periodistas, incluso todo el personal de Día Siete nos mantenemos unidos para varios proyectos. Faltaba más. O qué, ¿pensaban que nos iríamos a nuestras casas a rascarnos el trasero? Ahora todo el talento, todo el esfuerzo, todo el empuje de este grupo de amigos y colaboradores será para dos o tres proyectos que tenemos entre manos. Uno de ellos, quizá el más importante, es SinEmbargo.MX. Su crecimiento exponencial en sólo seis meses nos confirma que el país quiere más que esa oferta que hay en Internet. Más. Métanse a Alexa.com y vean cómo ha crecido SinEmbargo.MX. Nos sentimos orgullosos. No vamos a defraudar esa confianza, créanlo.

Yo les diría, amigos lectores: Denle una buena oportunidad a SinEmbargo.MX. Que se rebose de usuarios para que sirva de contrapeso a los gigantes online que acaparan lectores y que, por lo tanto, pueden manipular información a favor de un partido, de una empresa, de un gobierno, de un puñado de políticos corruptos, de un monopolio y de quien pague mejor.

No digo que lo hagan; digo que podemos evitarlo, si le damos oportunidad a los proyectos alternativos.

Es más: Denle oportunidad a los otros proyectos independientes que están por allí. Visiten a diario, para informarse, no sólo SinEmbargo.MX sino reporteindigo.com, de Ramón Alberto Garza; animalpolitico.com, de Daniel Moreno; adnpolitico.com, de Expansión, con Rosana Fuentes-Berain. Recomendaría otros pero no me atrevo; sospecho de la honestidad de quienes los dirigen. Pero allí están esas cuatro opciones. Vamos a apoyarlas. Ustedes pueden evitar los monopolios de la información. Ustedes pueden castigar y premiar el buen periodismo. Háganlo. Participen de la democratización de los medios. Hagan suya la gran herramienta que tienen en sus manos y decidan por más.

Mmmh: Día Siete. Once años y casi 600 ediciones. Puf.

¿Me da tristeza Día Siete? Sí. Y no. Hicimos cuanto pudimos. Ayudamos a miles a entender muchas cosas. Y llegamos felices al final.

En casa de Jorge Zepeda nos reunimos una noche Fernanda Solórzano y yo para afinar los últimos detalles del lanzamiento de Día Siete. Recuerdo cuánta emoción teníamos ella y yo. Estábamos felices. Pero ni siquiera teníamos idea de lo que estábamos fundando. 150 millones de ejemplares después puedo decir que todavía no digiero lo que hicimos.

Si en estos momentos me dijeran “hagamos un nuevo Día Siete” me reiría. Les desearía mucha suerte pero me haría a un lado. A un lado, así como lo leen. No sólo porque hay experiencias irrepetibles sino porque la misma inercia que ya acabó con la revista (ese conjunto de factores, los que sean) acabará con el proyecto que intente sustituirla. Es inevitable. Quienes creen que tienen control sobre todas las variables se equivocan. No tienen un carajo. No tenemos un carajo.

Contento, animado, lleno de energía y con las fuerzas de un toro, me queda despedirme y decirles que aquí estoy, que aquí estamos.

Vengan. Acompáñenos. Esto que se va a poner bueno.

Por lo regular no defraudamos.

24
Ene

El día en que fui funcionario público

Salí de casa porque los perros estaban volviéndose locos con el ruido de la banqueta, y vi que los vecinos corrían hacia la esquina que hacen las calles de Zamora y Juan Escutia, en la Condesa, en el DF.

Ya había varias patrullas allí. Caía la tarde pero las nubes oscurecían el cielo, haciendo que las torretas dieran la idea de que algo muy grave estaba sucediendo.

Regresé a casa. Dejé a los perros y tomé un paraguas y una libreta. Vicio de reportero, buscar y cargar la libreta aunque ni siquiera traiga pluma. Volví a la calle con ganas de conocer la verdad.

En esa esquina construyen una vecindad que venden a precio de oro sólo por estar a diez cuadras de un parque o a otras cinco una avenida arbolada. Han sacado toneladas y toneladas de tierra porque hacen un estacionamiento para decenas de autos. Y en su intento por obtener provecho de cada milímetro cuadrado, se olvidaron de que tienen vecinos.

El suelo se hundió. Hubo un derrumbe que dañó un edificio contiguo y que obligó a cerrar, hasta hoy, a varios negocios. Entre ellos mi peluquería.

Esos detalles lo conozco ahora.

En esos momentos iba a ciegas.

Doña A, que vive cerca de allí, ya estaba en la escena con uno de sus hijos. En cuanto me vio llegar corrió hacia mí.

–¡Llegó el licenciado! –dijo. Me dice “licenciado”. En los 1990, cuando trabajábamos en El Economista, todos nos decíamos “licenciados” y alguno que otro alcanzó el grado de doctor, como Rita Varela. Eran años del positivismo salinista; nos reíamos. Fuimos jóvenes.

–¡El licenciado! –la secundó alguien, y de inmediato se fueron hacia donde yo estaba.

Una pequeña bola de vecinos. Doña A tomó la palabra con naturalidad, como cuando me lee la lista de los pendientes en la casa: “Licenciado, falta pasta de dientes, y una escoba, y cloro, y los perros ladraron toda la tarde…” Esta vez el discurso de doña A, que suele ser inagotable, traía la nota.

–…Y como no les importa nada, licenciado, pues ya se hundió la tierra y seguro se va a caer el edificio de un lado…

Dale que dale doña A.

Noté a un hombre serio muy cerca de mí. Aguardaba su momento. Cuando doña A, que no suelta fácilmente el micrófono, hizo una pausa para respirar, entró él con voz doctoral.

–Mire, licenciado –me dijo–, mire: policías y policías. ¿Nos van a reprimir? ¿A eso vienen?

Después lanzó un discurso bárbaro sobre la represión y en contra de la presencia policiaca. Un ¡ya basta! con voz de Javier Sicilia que otros vecinos secundaron con comentarios fuertes, como: “Puro corrupto en la delegación”, o: “¡Que nos diga cuánto dinero recibieron por esta obra!”.

Ni manera de decir una palabra. En eso, se acercó un grupo de mujeres-policía a escuchar. El vecino se disculpó, al sentir la presencia policiaca: “…Y perdonen que esté algo tomado, pero estoy en mi derecho, ¿no, licenciado? O ya tampoco puedo beber…”.

Traté de decirle algo pero en eso retomó, ante la mirada cada vez más dura de las mujeres-policía, su discurso: “Esto no va a salir en Televisa ni en los periódicos porque ya tienen comprados a todos. Hasta al delegado…”, dijo.

Aproveché para preguntarle si vivía por allí.

–Pues claro –respondió, y se me acercó, retador. Otros vecinos también se acercaron comentando cosas entre ellos.

El hombre me dio con el dedo índice en el pecho dos, tres veces.

–Díganos de una vez de cuánto fue la mordida –me dijo.

–¡Sí, que diga! –dijo otro señor al que no había notado. Más chaparrito que él, traía un pedo rico, pero más notable.

–Díganos, licenciado –me insistió, y en eso intervino la autoridad.

–A ver, a ver –dijo la policía–, ya dejen al funcionario.

–Oiga, yo… –dije.

–¿Nos van a reprimir?

–Retírese, señor –respondió la agente, una niñota con cuerpo de policía y cara de buena persona.

–¡Díganos cuánto le dieron! –me insistió el señor. El señor también tenía cara de buena persona, honestamente.

Se hizo una pausa y pensé decirle que yo era otro vecino, y que a doña A le gusta decirme “licenciado”, pero pensé: este hombre va a ir a hacerme un platón afuera del departamento. Me quedé callado.

Unos goterones anunciaron el chubasco. Abrí el paraguas y se abrió sólo la mitad. Pinches paraguas del Metro, me dije. El señor abrió el suyo y parecía una carpa de circo que alcanzaba para varios, incluyendo al chaparrito que lo acompañaba.

Se acercó y me lo compartió con gusto. Nos encaminamos los tres a la banqueta sin que la mujer-policía dejara de observarlo entornando los ojos, como diciéndole: “Ándele, sígale y verá cómo le va. Desde acá lo estoy viendo”.

De doña A, ni sus luces. Allí me refugié un rato y la gente me veía. Seguro pensaba: “Pinche funcionario público no se merece ese paraguas”.

La lluvia arreció y calculé qué tan mojado llegaría yo sin paraguas a mi edificio. Muy mojado, me dije. Me valió. Salí corriendo en sentido contrario de las patrullas, la multitud y el hundimiento, y escuché en mis espaldas al vecino decir:

–¡Mírenlo! Ya se nos escapó. Nomás vienen a hacerse pendejos…

–Así son –dijo el otro, el más chaparrito.

De doña A, siempre en los mejores eventos de la colonia, nada.

Los perros me recibieron con fiesta en casa, como siempre. Me sequé con una toalla y encendí la tele. Nada en las noticias. Nada en Televisa ni en TV Azteca. Una notilla chafa en algún portal y ya. Pensé que el señor hacía lo mismo en su casa mientras se servía otra cuba. Alternaría el zapping con las mentadas de madre hacia mi persona, seguramente.

Hasta muy noche, Milenio TV difundió una nota. Yo buscaba dormir. Apenas la recuerdo.

A la mañana siguiente la calle estaba cerrada y el portero de mi edificio, al que le digo Cuco pero que no se llama Cuco y ni siquiera parece un Cuco, hablaba de funcionarios corruptos que permitieron esa obra. Un discurso muy parecido al de la noche anterior.

–¡Qué barbaridad! –le dije sin dudar un solo instante que algo de realidad había en sus palabras.

–Sí, licenciado. Eso andan diciendo…

Me dice desde hace tiempo “licenciado”, gracias a doña A. Le pido que me diga Alejandro pero no puede.

–Pues qué país, Cuco –le dije, antes de caminar hacia la bicicleta para irme al trabajo.

–Sí, licenciado –me contestó.

24
Ene

10 pasos para democratizar a nuestra prensa

Cada elección, sin falta, los ciudadanos se quejan de lo mismo: de la parcialidad de la prensa mexicana. Y cada elección escuchamos, nuevamente, la impotencia de ciertos políticos (los que pierden) y la incompetencia de las autoridades electorales frente a la parcialidad de ciertos medios.

No creo en la prensa “de centro” o “equilibrada y democrática”. Todos los medios tienen una orientación hacia un lado u hacia el otro hasta porque son hechos por individuos y los individuos somos, por naturaleza, animales políticos. La experiencia internacional nos confirma, incluso en las democracias más avanzadas, que esto es casi imposible. Hay un Le Monde y hay un Le Figaro. Hay un Washington Post o un New York Times o un Wall Street Journal. Hay un La Jornada, un El Universal, un Milenio o un Reforma, por citar. Y no está mal que cada uno atienda ciertos nichos; que tenga cierta tendencia. En todo caso, las sociedades deben ser democráticas; y los medios en su conjunto deben redondear una oferta democrática.

Pero cuando hay medios muy poderosos, con poder hegemónico o monopólico –como la televisión en México– es imposible que la oferta variada de todos los medios permitan un equilibrio. Si la televisión apoyará a Enrique Peña Nieto, los demás medios serán aplastados por esta posición y será imposible sumar, con el resto, un equilibrio. Y más si ciertos periódicos grandes también se van con el PRI.

Los tiempos han cambiado. Lo vimos este fin de semana: Aunque muchísimos medios no se atrevieron a difundir que Peña Nieto no pudo siquiera hablar de tres libros durante su visita a la FIL de Guadalajara –ah, paradoja, ¡iba a presentar un libro supuestamente escrito por él–, las redes sociales y muchos medios masificaron la información pasando por encima de cierta prensa “tradicional”.

Mi lectura: los ciudadanos pueden hacer mucho para impulsar la democratización de los medios. No digo “podemos” porque, al escribir este artículo, no debo incluirme en el genérico “ciudadanos”. Soy periodista, y por supuesto soy un ciudadano mexicano. Pero al argumentar usando este espacio estoy, por lo menos para este tema, del otro lado de la valla.

Por eso me he dado a la tarea de hacer una breve lista de lo que los ciudadanos pueden hacer para ayudar con su granito importantísimo de arena para fomentar la democratización de la prensa.

Con las redes sociales e Internet como aliados, los ciudadanos y los periodistas podremos jugar un papel crucial en 2012. ¡No lo desperdiciemos! Asumamos nuestro nuevo rol en la sociedad, y a darle duro.

Un México más democrático es posible si todos funcionamos como una democracia desde nuestras trincheras.

10 maneras de ayudar, como ciudadanos, a democratizar a la prensa

1. Acudir a fuentes alternativas de información. Hay que darle oportunidad a los medios alternativos. Busquen sitios o blogs que no sean los medios de siempre. Incluso, si pueden, huyan de los gigantes de la información y denle importancia a los proyectos medianos y pequeños. Eso rompe con los monopolios informativos.

2. Comparar el tratamiento editorial de los grandes sitios informativos entre sí. Hay que leer los grandes medios, por supuesto. Pero hay que procurar comparar el tratamiento editorial que se da a una misma noticia en un medio y en otro. Eso permite detectar tendencias. Desenmascara a los que intentan ocultar ciertos hechos o difundir ciertas noticas para beneficiar a alguien en particular o a cierto partido.

3. Utilizar los noticieros de televisión sólo como punto de referencia, y no como fuente principal. Desgraciadamente pocos mexicanos podrán hacerlo, dada la penetración que tiene la televisión frente a Internet o frente a los impresos.

4. Recurrir a las fuentes primarias. Si una agencia o un medio dan una noticia basada en ciertas fuentes calificadas, es posible buscar, porque casi siempre existen, los documentos originales que generaron tal noticia. Muchas veces, el documento original trae otras verdades, y se publican sólo las que benefician la posición editorial del medio.

5. Utilizar las redes sociales y hacerse amigos (Facebook) o seguir (Twitter) a las fuentes de información en las que se confíe. ¿No tiene cuentas de Facebook y Twitter? Suscríbase que no cuesta. Y empiece a buscar fuentes confiables. Siga a los líderes de opinión, a todos, y léalos y compare sus puntos de vista. Busque medios internacionales y siga, claro, los nacionales. Llénese de información, busque los puntos de vista más encontrados y forme su propia opinión.

6. Utilizar los espacios para comentar notas, artículos y reportajes. Opine. Contradiga o apoye, con argumentos, a los autores. Eso nutre la discusión ciudadana y matiza posiciones rotundas.

7. Debatir con los líderes de opinión en las redes sociales pero abandonar el anonimato. La segunda idea es importante: abandone el anonimato. Opine con su voz y con su apellido. Las redes están llenas de anónimos y rabiosos; no sea parte de ellos sólo por usar el anonimato. Como autor se lo digo: difícilmente leo un comentario cuyo emisor no está debidamente identificado.

8. Escuchar, ver y poner permanentemente en duda los anuncios de las campaña. Recuerde: los políticos quieren venderse como “lo máximo”. Si tienen que mentir para convencerlo, lo harán. Escuche y vea los anuncios porque es casi imposible evitarlos y son necesarios para evaluarlos, y luego dude de ellos. No crea todo lo que escucha de los partidos, no se compre posiciones sólo con la información que ellos proporcionan.

9. Castigar a los sitios de los que se dude. Si usted duda de un sitio en Internet, no lo vuelva a abrir sino por necesidad. Castíguelo. ¿Siente muy priísta o muy panista o muy gobiernista o perredista a cierto medio? Ciérrelo. No lo abra. Los medios electrónicos viven (vivimos) de los hits, es decir, de cada vez que alguien entra. Si usted castiga a un medio no visitándolo, y si muchos lo hacen, le darán una lección. Hágalo. Ejerza esa herramienta.

10. Leer y difundir la información que se crea útil. Incluso brincándose a los medios “tradicionales”. Si su periódico en línea o su sitio web no difundió cierta noticia, usted hágalo. Súmese a esos miles que, como este fin de semana, le dieron una bofetada a la prensa que no publicó lo de Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Sea, seamos parte del cambio. Hagamos que este 2012 los medios “tradicionales” se lleven por lo menos un susto.

Las redes sociales –habla ahora el periodista– nos han dado una gran lección: si no estamos con los ciudadanos, ellos nos abandonarán y harán su propio juego.

Castíguenos si lo merecemos. Y prémienos con su preferencia si lo hacemos bien.

Eso ayudará a democratizar a los medios. Eso ayudará, también, a construir un mejor país.

11
Sep

DESGRACIAS DE LA SOBRIEDAD

PUBLICADO EN GENTE

So please, please, please
let me, let me, let me,
let me get what I want
this time
–Steven Patrick Morrissey

Sobrio me levanto. Sobrio voy al Seven Eleven y me desayuno una bolsa de papas fritas, una jarra de café, un chocolate Larín de envoltura azulosa o plateada (porque tampoco importa: todos saben igual). Sobrio retomé el auto con la excusa de las lluvias y dejé de caminar. Sobrio tengo cinco kilos más, fumo dos cajetillas diarias y me dejo crecer la barba sin mirarme al espejo.
Sobrio acumulo todo tipo de manías. La última, darle F5 al teclado de la computadora esperando a que el siguiente correo no sea el de la viuda africana que me ofrece 50 millones de euros. Un F5 para que aparezca una noticia impactante, fantástica: Que arrestaron a Elba Esther Gordillo; que Humberto Moreira vuelve a dar clases en una primaria; que Enrique Peña Nieto olvida el copete en una cafetería y lo derrotan en 2012; que Andrés Manuel López Obrador pierde el habla en un mitin y regresa a Macuspana. Pero el F5 tiene sus limitaciones, sabemos.
Sobrio regreso a casa cada día de la semana y me acuesto temprano. Simone y Niño, mis dos chiquitos, me lamen la palma y sobrio les doy las gracias por estar conmigo. Y los sábados, como recompensa por su lealtad, vamos juntos al súper a surtirme de cigarros, salchichas de pavo y pan para hotdog, yogurt para beber que ya no bebo, Tostitos para hacerme nachos sin queso. Sobrio voy el domingo a trabajar con ellos a la oficina –cuando no hay nadie y le ladran a una mosca–, y por la noche veo Padre de Familia, luego Los Simpson, después Seinfeld, y Will and Grace, y al final una película que no sea de amor o de espanto, por favor, sino del espacio, de balazos laser con pistolas transparentes y morsas con cascos blancos que toman Martini como James Bond.
Sobrio acomodé los bookmarks del Chrome en orden de importancia: Facebook, Twitter, cinco portales de noticias, cinco de revistas, unos de diseño, mi correo electrónico y contadores de hits con los que verifico que a pesar de que ya casi no escribo cosas personales y hablo de puras pedanterías políticas hay algunos lectores fieles. Sobrio veo cómo el mundo se está descomponiendo y he perdido la esperanza de que este país tenga remedio. Sobrio he vuelto a ver mi colección de películas de virus de laboratorios que se escapan por un error y salen zombis de debajo de las coladeras y acaban con la humanidad.
Me duermo sobrio y tengo sueños extraños, también. Pesadillas. Hace unos días era recolector de basura en los callejones del centro de Ciudad Juárez. Hace semanas estuve en Shanghái y escuché una conferencia impartida por don Porfirio Díaz. He llegado a ser mimo, maestro de manejo, y una vez desperté casi llorando cuando soñé que era Legionario de Cristo.
Sobrio me despierto y siento que los perros no duermen por verme roncar inquieto. No sabrán qué hacer.
“Mañana será otro día; quizás uno mejor”, digo cuando paso por enfrente de mis cantinas favoritas y veo por las ventana que los meseros, el bartender, los que fuman a la entrada y los que piden la siguiente ronda no han bajado la guardia y construyen, para los que estamos afuera y para los que están adentro, un mundo mejor. Aunque sea un mundo de ilusiones.
Un hombre sobrio carga las montañas; uno que bebe, las construye a diario.

27
Jun

NARCOCORRIDOS EN UN BAR DE MAZATLÁN

PUBLICADO EN SINEMBARGO.MX

A principios de los 1990, un muy amigo mío, reportero de un medio internacional que me empleaba como freelance, me llamó para decirme que iríamos a Michoacán tras las huellas de un grupo conocido como “Cartel del Milenio”. Quería documentar que una familia había asumido el control del tráfico de una droga química que “se cocinaba” en esa región. Se refería a los hermanos Valencia y a las metanfetaminas.
El viaje fue muy aleccionador. Caminamos entre sembradíos de mariguana y estaciones de policía; un taxista nos llevó con un primo que “cocinaba” cristal o cri-cri en las afueras por Apatzingán. A nuestro regreso al hotel, el tipo de la recepción dijo que habían llegado varios sombrerudos a buscarnos. Nos localizaron. Nos fuimos casi a escondidas en otro taxi hasta Morelia. El reportaje se publicó. Los narcos no se atrevían a tanto; hacer periodismo de investigación era posible.
Recuerdo que en Apatzingán mi amigo me pidió que nos metiéramos al mercado a comprar casetes pirata. Buscábamos de los Tucanes de Tijuana. Me dijo, y no se me olvida: “Mi fuente de la DEA en el consulado me recomendó que los escuchara”. Le pregunté por qué Los Tucanes. Me respondió que estaban siempre actualizados. Que le cantaban a los capos que estaban en la cúspide. Que podríamos sacar buenos tips. Compramos de Los Tucanes y de cuanto grupo de narcocorridos encontramos. Sí, era como un curso intensivo del Cártel del Pacífico, hoy dividido en varias organizaciones criminales.
Me pregunté entonces: ¿Por qué la policía no busca a los malandros que salen en estos narcocorridos? Si los atraparan, me dije, los grupos musicales dejarían de tocarlos por ellos mismos, o porque los “jefes” se lo ordenarían. Pero nunca los atraparon; de hecho, un narcocorrido normalmente recorre las andanzas de un capo mientras está vivo, y queda como un libro abierto; cuando matan al protagonista se le agregan una o dos estrofas que detallan la manera “heroica” en la que falleció. Desde entonces y hasta hoy siguen tocándose esas loas a los narcos. Pienso, como pensaba en esos años, que si hubieran buscado a los protagonistas seguramente los narcocorridos no sonarían más.
Mazatlán me gustaba hasta hace poco porque era como el norte de México pero seguro, con mar y pescado fresco; con escritores interesantes (Juan José Rodríguez entre ellos) y periodistas honestos formados en el diario Noroeste que son la compañía ideal. Hace más de tres años que los editores José Pérez Espino y Rita Varela íbamos seguido a trabajar en el periódico local. Nos gustaba meternos a un bar equis con buena rocola y cervezas heladas. Qué buenas tardes aquellas.
Cierta vez, entró a ese bar una sección completa de metales; músicos realmente cultos. Maravilloso. Juan Arvizu, el doctor Ortiz Tirado y José Mojica con flautas transversales, clarinete y saxofones. Imagínense. En esas estábamos, cuando entró un grupo de pelones que se acomodó en lugares estratégicos. Antes de que alcanzáramos a ponernos nerviosos vino el director de esa pequeña orquesta de metales y nos dijo: “Las siguientes canciones que pidieron, vienen por nuestra cuenta. Nomás espérenos tantito”. Nos dio frío. En eso pareció un chamaco escoltado, lleno de cadenas de oro, que corrió de la puerta al escenario. Se acomodó y empezó a cantar horrible, como Valentín Elizalde. Dejó unos buenos dólares, saludó a todos, y se fue. Eran sólo narcocorridos.
Los músicos, seguramente egresados de la Escuela de Música de la Universidad Autónoma de Sinaloa –de las más prestigiadas del país–, eran desempleados y tocaban al mejor postor. Lástima, pensé: estudiar para clásico y tener que dedicar tu arte a iletrados caprichosos sólo porque traen dólares y andan armados.
El narcocorrido está incorporado en nuestra sociedad desde hace muchos años, por razones variadas. Derivación de los corridos que cantamos durante y después de la Revolución, siguen siendo lo que eran: cantos de juglares… que se pervirtieron porque la sociedad y el gobierno lo aceptó. Pero están hasta en nuestros huesos. Están, baste decirlo, en Word, programa el que escribo en estos momentos; no me subraya la palabra como mal escrita. Es parte del diccionario de Microsoft.
Ahora hay una corriente de alcaldes y gobernadores, principalmente los de zonas con mayor violencia, que quieren prohibirlos. Me parece una estupidez. Si los prohíben, por supuesto que seguirán; como las drogas o la piratería serán consumidos por millones, como todo lo que prohibimos por razones morales, éticas o por malentendidos. Pero además si permitimos que se les prohíba como parte de esta nueva corriente de conservadurismo que asola al país habremos aceptado que las prohibiciones funcionan, y no es así. Una guerra basada en esos principios nos ha depositado 40 mil muertos en las manos para confirmarnos en el tremendo error.
En lo personal, aborrezco los narcocorridos. No me causan gracia los narcos y la música es cada vez más chafa, de malísima calidad. Cualquiera que se inventa dos estrofas atrevidas se vuelve héroe con acordeón. Chafa.
Sin embargo, es un error irse contra los músicos o contra el gusto popular. ¿Por qué mejor no atrapan a los narcos que se mencionan en los narcocorridos? Los músicos dan la cara y responden a un estímulo, a una cultura que, en ausencia de la educación del Estado, se ha extendido y se reafirmará si pretendemos, como con las drogas, “sanar a la sociedad” a punta de prohibiciones.
Prohibir el narcocorrido será como mandar quemar las fotos de María Sabina porque algunos gustan de los hongos alucinógenos, o prohibirle la entrada a México al compositor de jazz Bobby Mc Ferrin por haber escrito Don’t Worry Be Happy –canción inspirada en el poeta, músico y gurú Meher Baba– sólo porque algunos la relacionan con el estado que provoca la mariguana.