EN DEFENSA DE LA POLÍTICA
PUBLICADO EN EL UNIVERSAL
–A don Aurelio, mi padre
No, me corrige una amiga, “no es un país de tragedias: es uno con mucha suerte”. Se refiere a que si se soltaran los alfileres que sostienen los asuntos nacionales, eso sí sería una tragedia. De cuando en cuando, sin embargo, alguno de éstos es vencido por las leyes de gravedad y se estrella contra el piso.
Y zas, recuerda nuestra vulnerabilidad. Zas, un incendio: 48 niños mueren porque se simularon puertas de emergencia y no estaban bien colocados los detectores de humo; los dueños son “influyentes”. Zas: se revela una cadena de complicidades oficiales como las que hacen funcionar las cosas en México. Zas: se abre la oportunidad para la justicia, y zas: otra vez la impunidad. Lo mismo de siempre queda al descubierto. Los nombres de hijos, hermanos, primos, parientes de políticos salen a relucir. La tragedia se vuelve un mesquino regateo entre poderosos. Los medios nos volvemos escenario de sus litigios inmorales. Y al final pagarán los de menor culpa, los que forman lo delgado de la cuerda.
Muchas voces y la experiencia internacional alertaron a Felipe Calderón que concentrar el combate a las drogas en el uso de las armas tendría consecuencias funestas. Zas, un río de sangre baña nuestras ciudades y nuestros pueblos. Y si esta carnicería no fuera inútil; si tantos muertos no fueran una negligencia, posiblemente podríamos aceptarla. Sí, sí, sí, debemos combatir las drogas. Pero esta guerra no se ganará con la actual estrategia. Lo sabemos todos, y no se detendrá porque el presidente nunca se equivoca. Seguimos pensando que es Dios, y (Madeleine Albright dixit) Dios nunca tiene un plan b. Allá vamos, pues, a ahondar la tragedia.
Las guerras de lodo ganan elecciones, como lo vimos en 2006. También destruyen a la sociedad, la dividen, como atestiguamos estos años. Desgastan a los partidos, ponen en entredicho las bondades del juego limpio de una democracia y exponen la parte podrida de la política. Pero si ya generó votos, no la vamos a detener: con las armas de la guerra de lodo salió un rabioso Germán Martínez a buscar votos este 2009… sin pensar en el costo. Ya hay resultados. Qué país más dividido y dubitativo. Qué país más desanimado. Es una tragedia.
Las promesas incumplidas volvieron pragmática a una parte de la sociedad civil en 1999 y 2000. Mis amigos más inteligentes y racionales se volcaron al “voto útil”. Nunca más inútil: llegó Vicente Fox al poder y con él arribaron (como ahora con Calderón) lo peor de la política. Si las cabezas de los poderes fácticos –sindicatos, televisoras, archimillonarios– eran “soldados del PRI”, en estos años se volvieron generales y codirigen el Estado. Desde el gobierno, sin embargo, no se va a promover su remoción porque sirven. Mantendrán las canonjías a pesar del retrazo en el que nos sumen, por encima de 40 millones de miserables que siguen esperando promesas de campaña. Los dejaremos, a pesar de son parte importante de nuestra tragedia. Pero, ah, ¡qué antipatriotas! ¡Qué sátrapas los que hemos decidido no votar o anular el sufragio para demandar candidaturas ciudadanas, referéndums, un alto a la partidocracia, que se cumplan las promesas y que si no pueden, se vayan!
“Queremos mejores representantes, que haya mejores ciudadanos postulándose como representantes; queremos mejores partidos… hagamos esos partidos; participemos en los partidos y si no convencen éstos, hagamos otros”, dijo el presidente la semana pasada. No creo que la respuesta/propuesta sea viable y sí la veo como un refrendo de la partidocracia, una confirmación de que los ciudadanos estamos solos: ahora resulta que sin partidos políticos no somos nadie. Eso de “hagamos otros [partidos]” es una realidad, sí, para Elba Esther Gordillo y los otros vividores del sistema de partidos. ¿A quién engañamos?
No es que uno vea siempre los negritos del arroz. Más bien hay una actitud de bombero en las Torres Gemelas de Nueva York, un 11 de septiembre de 2001 a las 9 de la mañana; sabes que se van a derrumbar y hay que gritarlo. Uno será, al final, otra de las víctimas.
“No es un país de tragedias: es uno con mucha suerte”, dice mi amiga. Mmmh. En todo caso es un país de una sola tragedia: los políticos.
